Por Sofía Guadarrama Collado
La muerte llegó sin avisar. Llegó con el viento frío del invierno. Sin tocar a la puerta. Atravesó las paredes. El techo. Nuestras cobijas. Venía directo por él. Maldita sea su puntualidad. Se llevó su sonrisa, su gracia, su aliento, sus huesos.
Corría el año 2022 cuando Angeli y yo nos mudamos de casa. Y en este paraíso olvidado conocimos a un vecinito callejero. Un mestizo con crisis de identidad que resultaba demasiado grande para ser chihuahua pero ridículamente enano para ser dóberman. Sucio, famélico, un mapa viviente de pulgas y garrapatas, caminaba con el ceño fruncido y ese aire de perdonavidas que usan los que tienen miedo. Se creía el rey de la acera. Un monarca sin corona. Recorría su feudo con paso de mafioso y, como todo buen vándalo, grafiteaba las llantas y los muros con su orina. «Por aquí pasó Bruno».
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