Por Sofía Guadarrama Collado
En México la palabra «austeridad» sirve para todo, más si es franciscana: para recortar presupuestos, para recortar instituciones, para engañar bobos y, si se descuidan, para chingarse al país. Se pronuncia con solemnidad y de preferencia en la propaganda mañanera, aunque en realidad traiga una calculadora tabasqueña y una aplanadora maquiavélica.
Hay una regla no escrita —y bastante obvia—: ningún gobierno diseña una reforma electoral para hacerse harakiri. Lo que vivimos en los ochenta y noventa no fue gracias al PRI, sino a la oposición. Los priístas aceptaron a regañadientes. Las reformas electorales se cocinan para facilitar el camino del que ya está sentado en la silla presidencial y de quien pretende sea su sucesor. Pensar otra cosa es mera ingenuidad.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...