Por Sofía Guadarrama Collado
Un mesero, vestido con una guayabera de lino impecable, se acerca a su mesa frente al mar, donde la arena es tan blanca que parece polvo de diamante:
—Bienvenidos a este santuario, señores. Tomen asiento, dejen que el salitre cure lo que la ciudad rompió. Aquí, el tiempo no corre, se desliza como el Tequila de reserva que guardamos en la cava bajo la arena.
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