Por Sophia Huett

En los últimos años, el feminismo se ha convertido en una palabra que se repite mucho y se entiende poco. Se grita, se etiqueta, se presume. Pero en la vida real, el feminismo no se mide por consignas ni por discursos encendidos, sino por decisiones cotidianas. Por lo que hacemos cuando nadie nos ve.

Ser feminista, en la práctica, significa no usar el poder —el poco o mucho que tengamos— para frenar a otra mujer por miedo, envidia o inseguridad. Significa no sabotear el crecimiento ajeno porque nos confronta con nuestras propias carencias. Bloquear oportunidades, desacreditar capacidades o cerrar puertas “por si acaso” no es sororidad: es reproducir la misma lógica de exclusión que históricamente ha afectado a las mujeres.

El verdadero feminismo también implica responsabilidad afectiva. No participar en relaciones donde sabemos, desde el inicio, que otra mujer va a salir lastimada. No romantizar el daño bajo la idea de la “libertad personal”. La libertad, como lo reconoce la ética y el derecho internacional de los derechos humanos, termina donde comienza el daño evitable a otra persona. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) es clara: las prácticas que normalizan la violencia, la humillación o la desigualdad, incluso en lo privado, perpetúan estructuras de opresión.

Ser feminista no es competir todo el tiempo con otras mujeres para demostrar quién es “más”. No es usar el discurso de género para justificar abusos, maltratos o superioridades morales. No es exigir respeto mientras se ejerce violencia simbólica, emocional o profesional contra otras.

El feminismo real se vive cuando una mujer reconoce que el éxito de otra no es una amenaza. Cuando entiende que abrir espacios no la empequeñece, sino que la engrandece. Cuando acompaña sin controlar, apoya sin manipular y celebra sin condiciones.

También es feminismo no guardar silencio frente a las injusticias solo porque quien las comete es mujer. La igualdad no significa impunidad. Significa asumir que todas, sin excepción, somos responsables de nuestros actos. La justicia con perspectiva de género no elimina la ética individual; la refuerza.

En la vida diaria, el feminismo se nota en cómo se ejerce el liderazgo, en cómo se construyen equipos, en cómo se ama, en cómo se compite y en cómo se renuncia al privilegio de dañar cuando sería fácil hacerlo.

Porque al final, el feminismo no se trata de gritar más fuerte, sino de vivir mejor. Y vivir mejor implica no repetir aquello que tanto hemos criticado.

Eso —aunque incomode— es el verdadero feminismo.

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@SophiaHuett

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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