Por Sophia Huett
Había algo que me daba miedo cada Navidad. No eran los regalos, ni la mesa llena, ni las preguntas incómodas. Era ese momento —casi siempre inevitable— en el que una persona adulta con relación familiar sentía que tenía permiso para hablar de mi cuerpo. Decirlo sin empacho. Decirlo en voz alta. Decirlo frente a todos.
En plena preadolescencia, al abrir la puerta de la casa de la abuelita, el saludo era: “estás más gordita”, acompañado del apretón de cachetes. Un gesto que parecía cariñoso, incluso gracioso para quienes lo veían desde fuera, pero que dolía de dos maneras: en la piel y en algo más profundo. No era solo lo físico. Era la sensación de ser exhibida, medida, evaluada. Esa persona empañaba la Navidad entera. Y muchas más después. Porque el comentario se quedaba en la cabeza, en el cuerpo y en la forma de mirarme durante años.
Así se siembran muchos complejos. No con violencia abierta, sino con palabras “inocentes”. Con frases que nadie cuestiona porque vienen de la familia. Con la idea de que opinar sobre el cuerpo ajeno es normal.
El tiempo pasó. Crecí. Llegó la adultez. Y pensé que esos comentarios quedarían atrás. No fue así. Solo cambiaron de dirección: “estás muy delgada”, me dijeron insistentemente.
Afortunadamente estoy sana. Pero no puedo evitar preguntarme qué habría pasado si esa delgadez fuera consecuencia de un trastorno alimenticio, de una depresión, de una enfermedad real. ¿Qué habría significado escuchar lo mismo en un momento de fragilidad? ¿Quién se hace responsable del impacto de esas palabras cuando llegan sin contexto, sin cuidado, sin saber?
A veces pienso que esta necesidad de estar delgada, o el miedo profundo a subir de peso —especialmente durante mi embarazo— no apareció de la nada. Tal vez se gestó en aquellas Navidades de la infancia, cuando aprendí que mi cuerpo podía ser tema de conversación pública. Que no era del todo mío. Que estaba siempre sujeto a opinión.
Los adultos solemos subestimar el peso de nuestras palabras. Creemos que los niños olvidan. Que los comentarios se diluyen. No es cierto. Las palabras se quedan. Se vuelven forma de mirarse, de exigirse, de castigarse. Y no solo en la infancia. También en la vida adulta, cuando seguimos cargando con lo que escuchamos años atrás.
Estoy convencida de algo: del físico de las personas no se puede ni se debe hablar. Ni de niñas y niños, ni de adultos. Mucho menos sin responsabilidad. Solo debería hacerse cuando existe una preocupación genuina por la salud y, aun así, con extremo cuidado, con acompañamiento profesional y con una sensibilidad que evite convertir la preocupación en herida.
Estas fiestas decembrinas, entre abrazos y brindis, también se reparten palabras que creemos pequeñas. No lo son. Para muchas personas, esas frases definen su relación con su cuerpo durante toda la vida.
¿Cuántas historias de inseguridad comenzaron con un apretón de cachetes navideños?Más de las que creemos. Empezando por la mía.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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