Por Stephanie Henaro Canales
“El Estado demostró que puede eliminar a un hombre. Ahora debe demostrar que puede eliminar el sistema que lo produjo.”
–Apuntes desde Café Colón
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes reordenó el tablero criminal, pero también activó algo igual de importante: el guion internacional sobre México. En cuestión de horas, portadas y mapas volvieron a presentar al país como territorio dominado por cárteles, como si el narcotráfico fuera un producto mexicano que se exporta a una audiencia inocente. Es un relato cómodo, políticamente rentable y estratégicamente incompleto.
Porque el narcotráfico no es una fotografía: es una cadena. Y cuando se analiza una cadena con honestidad, aparece una verdad incómoda: México carga con la violencia visible, pero Estados Unidos sostiene tres pilares estructurales del negocio.Primero, la demanda. El motor del mercado no está en Tapalpa ni en Guadalajara; está en una crisis de salud pública y adicciones que convierte al consumo en ingreso constante para cualquier organización criminal.Segundo, las armas. La capacidad paramilitar de los cárteles no surge del aire: se alimenta del flujo de armamento que cruza la frontera hacia el sur, elevando el costo humano del conflicto mexicano.Tercero, la distribución. México mueve, produce y trafica, pero la venta final y el control del “retail” ocurren dentro de Estados Unidos, a través de redes criminales locales que colocan el producto en comunidades específicas.
Además, la dimensión financiera permanece casi intacta en el debate público. El lavado de dinero no ocurre en la sierra ni en los pueblos sitiados; ocurre en circuitos bancarios, inmobiliarios y empresariales que operan con sofisticación internacional. Mientras el foco se concentra en la captura del capo, los flujos económicos que sostienen la estructura continúan circulando. Sin atacar esa infraestructura financiera —que conecta América, Europa y Asia— cualquier victoria será parcial. El crimen organizado no sobrevive por lealtades personales, sino por rentabilidad sistémica. Y la rentabilidad, a diferencia de los líderes, no se abate en un operativo.
La operación que abatió al Mencho demostró capacidad estatal. Hubo inteligencia compartida con Estados Unidos y una ejecución mexicana que desmonta el argumento de que Washington necesita intervenir directamente en territorio nacional. Pero la violencia posterior también confirmó la lección histórica: decapitar no equivale a pacificar. Cada vacío de poder tiende a fragmentar, multiplicar células y volver el sistema más impredecible. El golpe fue táctico; la guerra real será controlar el vacío.
Ahí es donde la narrativa se vuelve un campo de batalla. Si el mundo reduce el problema a “México es el narco”, entonces México queda como el único responsable de un fenómeno transnacional, y la presión diplomática se convierte en sustituto de una estrategia integral. Es más fácil culpar al sur que asumir la parte propia: consumo, armas, lavado y redes domésticas de distribución.
Si se quiere hablar en serio del narcotráfico, hay que hablar de la cadena completa. Porque cuando solo se señala a México, no se está haciendo análisis: se está trasladando la culpa. Y el poder, en geopolítica, también se ejerce así.
El último en salir, apague la luz.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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