Por Sylvia Sánchez Alcántara
El 2 de agosto de 2006 México dio un paso trascendental: se promulgó la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres.
Hoy, veinte años después, vale la pena detenernos y hacer una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Cuánto ha cambiado realmente México desde entonces? Hemos avanzado de manera extraordinaria en algunos terrenos, pero seguimos enfrentando brechas que limitan el desarrollo de millones de mujeres.
Y quizá esa sea la reflexión más importante que nos deja este aniversario: una ley puede abrir el camino, pero no puede recorrerlo por nosotras.
Antes de 2006, la discusión sobre igualdad entre mujeres y hombres ya formaba parte de la agenda nacional e internacional, pero la promulgación de esta ley representó un paso importante para convertirla en una responsabilidad explícita.
La diferencia es enorme. Cuando la igualdad solamente se entiende como un ideal, puede quedarse en un discurso. Cuando se convierte en un derecho, genera obligaciones.
Uno de los cambios más importantes se encuentra en la participación política. Pero sería un error pensar que la representación política, por sí sola, significa que hemos alcanzado la igualdad. La igualdad también tiene que medirse en los ingresos, en el acceso al empleo, en el tiempo disponible, en la educación, en la seguridad y en las posibilidades reales de construir un proyecto de vida.
Veinte años de avances… y una brecha que permanece
El Global Gender Gap Report 2025 del World Economic Forum muestra un avance significativo de México. El país pasó de un puntaje de 64.6% en 2006 a 77.6% en 2025 en el índice global de brecha de género.
Es un progreso importante. Pero todavía existe una distancia por cerrar.
Y la diferencia se vuelve todavía más evidente cuando observamos quién participa en el mercado laboral.
De acuerdo con el INEGI, durante el tercer trimestre de 2025 la tasa de participación laboral fue de 45.7% para las mujeres frente a 75.1% para los hombres. Una diferencia cercana a 30 puntos porcentuales.
¿Qué significa esto? Que todavía existen millones de mujeres que no participan en el mercado laboral en las mismas condiciones que los hombres.
Pero aquí aparece una de las grandes paradojas de la desigualdad: las mujeres participan menos en el mercado laboral, pero trabajan mucho más en actividades que no siempre son reconocidas ni remuneradas.
Hay una desigualdad que rara vez aparece en un recibo de nómina, pero que determina profundamente las oportunidades: la desigual distribución del tiempo.
La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 revela que las mujeres dedicaron, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario. Los hombres dedicaron 18.2 horas.
¿Y qué representa ese tiempo? Representa horas que podrían utilizarse para estudiar, capacitarse, trabajar, emprender, descansar, hacer ejercicio, participar en la comunidad o simplemente tener tiempo personal.
Por eso hablar de igualdad económica sin hablar de cuidados es insuficiente.
Mientras el cuidado de niñas, niños, personas mayores, enfermas o con discapacidad recaiga de manera desproporcionada sobre las mujeres, las oportunidades tampoco estarán distribuidas de manera equitativa.
El verdadero desafío: pasar de la paridad a la igualdad sustantiva
México ha logrado avances extraordinarios en representación política. Pero tener más mujeres en los espacios de decisión no garantiza automáticamente que todas las mujeres tengan las mismas oportunidades. La igualdad sustantiva implica algo mucho más profundo.
Significa que una mujer de una comunidad rural tenga oportunidades reales de educación y empleo. Que una joven pueda elegir una carrera STEM sin cargar con estereotipos. Que una madre no tenga que abandonar su desarrollo profesional porque no existen alternativas suficientes para el cuidado. Que una trabajadora pueda recibir un salario justo. Que una mujer mayor no sea considerada descartable en el mercado laboral. Que las mujeres puedan emprender y acceder a financiamiento. Que ninguna tenga que enfrentar violencia para ejercer sus derechos.
Y significa también reconocer que no todas las mujeres viven la desigualdad de la misma manera.
La edad, el nivel socioeconómico, el lugar donde se vive, la discapacidad, la pertenencia a una comunidad indígena y muchas otras condiciones pueden profundizar las brechas.
Por eso, el siguiente capítulo de la igualdad no puede consistir solamente en contar cuántas mujeres llegan a posiciones de poder. Tenemos que preguntarnos también cuántas mujeres tienen realmente la posibilidad de llegar.
Hay otra conversación que debemos tener. La igualdad no puede construirse únicamente con mujeres hablando con mujeres. Necesitamos hombres involucrados. Necesitamos empresas comprometidas. Necesitamos instituciones eficaces. Necesitamos escuelas que eduquen sin estereotipos. Necesitamos familias que distribuyan las responsabilidades de manera más justa.
Veinte años después de aquella promulgación, sería injusto decir que no hemos avanzado. Hemos avanzado muchísimo. Pero también sería peligroso creer que ya llegamos. Las cifras nos dicen que todavía tenemos una tarea enorme.
Que una niña no tenga que pedir permiso para soñar. Que una mujer no tenga que demostrar dos veces su capacidad. Que cuidar no signifique renunciar. Que liderar no tenga un costo diferente para mujeres y hombres. Que el género no determine cuánto podemos ganar, hasta dónde podemos llegar o cuánto tiempo podemos dedicar a nuestros propios sueños.
Porque una sociedad verdaderamente igualitaria no es aquella que solamente tiene buenas leyes. Es aquella en la que esas leyes cambian vidas.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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