Por Thelma Elena Pérez Álvarez*
La intervención militar de Estados Unidos contra Venezuela —más allá de cómo se defina: “operación”, “intervención humanitaria” o “defensa de la democracia”— no solo reconfigura el tablero geopolítico y el marco del derecho internacional, sino que también da continuidad a la batalla narrativa que se desarrolla, aproximadamente y guardando las distancias, con hechos como la invasión de Rusia en Ucrania y el genocidio que Israel está cometiendo contra la población palestina en la Franja de Gaza en los algoritmos y las affordances de las plataformas digitales.
Desde el fin de la Guerra Fría, el marco del derecho internacional ha sido paulatinamente erosionado a través de intervenciones selectivas, sanciones extraterritoriales y guerras preventivas influenciadas, entre otros factores, por la globalización, los problemas de seguridad, los avances tecnológicos y la ambigüedad en su propia aplicación.
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Actualmente, parece que la legitimidad del caso venezolano no se construye únicamente en el campo jurídico, sino también en el entorno digital. En TikTok, X, Instagram y YouTube, grupos de poder financian la difusión de perfiles y contenido alineado con la narrativa estadounidense para llegar a audiencias globales sin necesidad de respaldo periodístico, utilizando eslóganes como “liberar a Venezuela” y “derrocar a un narcodictador”.
La cuestión ya no se centra únicamente en si la intervención militar transgrede la soberanía de un Estado, sino en cómo esa violación puede volverse aceptable, e incluso deseable, para audiencias globales que han sido moldeadas algorítmicamente durante aproximadamente 15 años para consumir relatos simplificados del conflicto entre el bien y el mal.
Y es aquí donde entran en juego las normas internas de organización y selección de datos y las características de diseño visibles e intuitivas de redes y plataformas que hacen posible el flujo persistente de contenido a través del cual usuarios y usuarias dan forma a su experiencia digital.
Por un lado, los algoritmos entrenados para maximizar el tiempo de atención y la participación de las audiencias privilegian el contenido que provoca indignación, miedo o esperanza simplificada. Expresiones como “liberar a Venezuela” actúan como detonadores emocionales, mientras que “derrocar a un narcodictador” busca amplificarse y vaciar de contenido discusiones sobre legalidad internacional a pesar de la evidencia o de los marcos jurídicos, porque el algoritmo no prioriza veracidad, sino rendimiento.
Por otro lado, las affordances o posibilidades de acción que el diseño de las plataformas habilita o restringe a partir de decisiones políticas. Por ejemplo, el botón de “compartir”, la preferencia por videos cortos y el uso de marketing emocional coexisten con formas de censura, el bloqueo o la penalización del contexto histórico y estructural.
Estas normas y acciones operan a favor de una narrativa dual en la que Venezuela no es presentada como un país con procesos políticos complejos, con devastadoras sanciones económicas y la mayor reserva de petróleo del mundo, así como la sexta mayor de gas natural y recursos minerales clave para tecnologías emergentes, sino como un escenario donde Estados Unidos se presenta como libertador y salvador.
Todo lo anterior se manifiesta en nuestras pantallas mediante una estética de liberación, que incluye imágenes de banderas, música épica y testimonios seleccionados de migrantes venezolanos, tanto con influencia como sin ella. Esto crea un paisaje audiovisual que no tiene el objetivo de informar, sino generar simpatía política, ya que el control de los algoritmos facilita que la intervención militar se vuelva consumible, scrollable y moralmente digerible.
Al mismo tiempo, fuera de los medios digitales, el eslogan “rescatar a Venezuela” actualiza la impronta de la dominación imperial que enciende las alarmas de las mujeres en el Sur Global, quienes comprenden que toda ocupación militar extranjera involucra una lógica que convierte los cuerpos de las mujeres y las niñas en territorio de conquista, exponiéndolos a la violencia sexual, la explotación, la impunidad y los silencios forzados.
Además de la pregunta urgente sobre qué pasará con Venezuela, también cabe reflexionar sobre los posibles efectos pedagógicos de este hecho. Porque, si la violación del derecho internacional puede ser legitimada algorítmicamente vía la colonización estadounidense del imaginario digital, ¿qué otros gobiernos podrían ser los siguientes a derrocar dentro y fuera del feed?
Thelma Elena Pérez Álvarez es docente en comunicación digital, publicidad y marketing en universidades de España y México. Trabaja activamente para que el Estado mexicano garantice el derecho humano a la alfabetización mediática e informacional.
*Thelma Elena Pérez Álvarez es docente en comunicación digital, publicidad y marketing en universidades de España y México. Trabaja activamente para que el Estado mexicano garantice el derecho humano a la alfabetización mediática e informacional.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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