Por Valeria Elizabeth Asencio Mendoza*
Vidas que el sistema aprendió a contar, pero no a cuidar.
Una de las experiencias que más me ha marcado ocurrió lejos de los reflectores y de cualquier discurso preparado. Fue en medio del cansancio físico y emocional, cuando nos llamaron para acompañar a un grupo juvenil del estado. Una de sus compañeras había tomado la decisión de suicidarse. Mientras dábamos la contención, vi a lo lejos a una mujer y a un hombre caminar hacia nosotros. Se sentaron en silencio y, al final, pidieron la palabra. Eran los padres de la joven. Dijeron que estaban ahí porque no querían que nadie más cargara el dolor que ellos estaban viviendo, que no querían que esos jóvenes se convirtieran en una estadística, que querían verlos con vida. En ese momento entendí que hablar de prevención no es hablar de números, sino de vínculos, y que cuidar la vida es una decisión profundamente política.
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