Por Yohali Reséndiz
Cuauhtémoc Blanco no sólo envió un beso a la diputada Martha Aracely Cruz Jiménez.
Ese beso es, simbólicamente, para todos y todas: para Morelos, para las mujeres, para quienes confiaron en él cuando dejó las canchas; para cada ciudadano que votó por él porque creyó que un ídolo deportivo podía convertirse en un político digno.
Ese beso resume su carrera pública: la burla desde el poder con el cinismo de quien se sabe intocable.
La escena ocurrió durante una sesión dedicada al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. El beso de Cuauhtémoc Blanco no fue un acto improvisado de galantería -es otra defensa infantil que él y otros pretenden normalizar- un gesto de descalificación: un mensaje sexualizado contra una legisladora que lo llamó “violentador”.
La respuesta de “El Cuauh” fue un beso lanzado con los dedos, como quien manda un saludo burlón a la tribuna rival, o un guiño a la grada que todavía lo idolatra.
Es el gesto de un hombre que no entiende que la política no es un estadio.
Porque cuando ese beso salió volando, Blanco no solo estaba contestando a una diputada: estaba enviando un mensaje a todo el país que lo convirtió en figura pública y luego en gobernante:
“Yo puedo hacer lo que quiera y no me pasa nada”.
Y la lista de “yo puedo hacer lo que quiera” es larga.
Cuando fue alcalde de Cuernavaca, Morelos se hundió en abandono y caos institucional. Durante su gubernatura, el estado escaló en inseguridad, en corrupción y en crisis política. Su administración fue señalada por los presuntos vínculos entre funcionarios cercanos y grupos criminales; por contratos irregulares; por uso discrecional del erario; por un gabinete integrado con compadres, futbolistas y operadores sin experiencia.
Hubo escándalos en Casa Morelos con señalamientos periodísticos sobre fiestas privadas, tráfico de influencias y negocios turbios.
Y, pese a ello, Morena lo blindó y de ahí el “A mi no me pasa nada”
Los aliados del partido lo protegieron en tribunales, bloquearon intentos de juicio político y, finalmente, lo premiaron con una candidatura al Congreso: “No estás sólo”.
Cuauhtémoc Blanco descubrió la fórmula que muchos políticos tardan años en perfeccionar:
ganar sin gobernar, destruir sin pagar factura, sobrevivir sin dar resultados, ser un parásito.
El deportista no aprendió a ser servidor público.
Blanco sigue siendo un futbolista en la tribuna política: se pelea, provoca, se mea en quien se tenga que mear como muchas veces imitó a un perro en la cancha, empuja, responde con gestos y se cree héroe nacional porque anotó goles.
El problema es que en el terreno del poder no hay árbitros, hay instituciones.
Y esas instituciones, -por cálculo, conveniencia, complacencia o cobardía-, lo han dejado “jugar” sin sanciones.
El beso de Cuauhtémoc no fue un descuido. Es su naturaleza. La postal de su carrera política: la carcajada hacia quienes lo han criticado, la indiferencia frente al dolor social, la soberbia de quien jamás ha entendido lo que significa gobernar, y el recordatorio de que para algunos, la curul no es una responsabilidad, sino un palco VIP desde donde insultan y agravian impunemente.
El legislador Cuauhtémoc Blanco no aporta nada, o ¿Qué ha aportado al Congreso?
No hay reformas estructurales de su autoría, no hay debate parlamentario de altura, no hay defensa real de causas sociales.
Lo único que le ha sumado a Morena son polémicas, excusas, vergüenzas, pleitos y gestos humillantes y lo siguen tolerando.
Cuauhtémoc Blanco es un agresor en el poder que se sabe protegido.
El país no necesita políticos que hagan de la violencia un recurso de exhibición. Ni que “haga deporte en una cancha de pádel por recomendación médica”.
México ya no necesita diputados que conviertan el dolor en espectáculo.
No necesita figuras que sigan viviendo del erario ni del recuerdo de un partido de fútbol mientras el presente se hunde en sangre y desigualdad.
El beso como infamia.
Ese beso es el símbolo perfecto de lo que Cuauhtémoc Blanco aunque sea ídolo nunca ha podido ser representante, ni es servidor público, por el contrario, es un hombre que usa el poder para burlarse de quienes lo cuestionan y humilla o amenaza a quienes lo enfrentan.
Se burla y lo hace con sonrisa de niño malcriado porque sabe que Morena no lo tocará.
No es la prensa quien lo condena. No son los adversarios. Es la memoria de un estado abandonado y traicionado.
Es Morelos.
Es cada votante que creyó en él y recibió, a cambio, un beso despectivo y destructivo.
El beso de Cuauhtémoc Blanco no fue para una mujer.
Fue para un país entero que él cree que puede seguir tomando por estúpidos.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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