Por Yohali Reséndiz
Que quede claro: abandonar no es perder, es decidir.
Sí, decidir que alguien ya no merece cuidado, que estorba. Que ya no importa.


Ayer leí que una mujer de ochenta o noventa años de edad fue dejada en una carretera rumbo al mar, como si el paisaje pudiera disimular la crueldad. No la dejaron en la puerta de un hogar ni la llevaron a la sala de emergencias de un hospital: la botaron en su silla de ruedas. La dejaron ahí sin pensar que pasaría frío, que llegaría la noche. La dejaron sin pensar que quizá una realidad así podría obligarla a desear ya no despertar.
Eso es abandonar.
No es un descuido. Ni un error. Tampoco es pobreza moral: es elección.
En México, más del 16% de las personas adultas mayores viven abandono o maltrato, según estimaciones académicas y datos retomados por instituciones públicas. Millones. No casos aislados ni decenas: millones de personas que envejecen sin red, sin compañía, sin certeza. Y este año, como los anteriores, el número no baja: crece. Crece porque vivimos más, pero los cuidamos menos. Cómo entender que celebramos la longevidad, pero despreciamos la dependencia.
Y no, no se necesita manejar hasta una carretera para abandonar a una mamá, a un papá o a un abuelo; para qué manejar tan lejos si está abandonado en algún sillón de la sala donde nadie le habla, ni lo ve, ni lo escucha.
O encenderle la televisión para que sustituya una conversación, porque el silencio ya es costumbre.
Y no hay que indignarse solo por la noticia de que una adulta mayor fue abandonada en silla de ruedas a la orilla de una carretera, cuando pasan semanas sin recibir una visita, meses sin una caricia de quienes cuidaron por años y criaron, días sin escuchar una pregunta sencilla: ¿cómo estás?
Porque, claro, el abandono no deja marcas en la piel, sino grietas en la dignidad.
Y sí, en México hay millones de personas adultas mayores viviendo solas, no porque así lo hayan elegido, sino porque nadie más quiso hacerse cargo. Y usted lo sabe. Y tú lo sabes. Y el Estado lo sabe. Por eso da pensiones que presenta como política integral, porque sabe del abandono cuando no hay suficientes geriatras, cuando los asilos públicos están rebasados, cuando el cuidado recae casi siempre en mujeres agotadas o, en muchos casos, en nadie.
Pero también lo saben las familias.
Los hijos.
Los nietos.
Y aun sabiéndolo, se abandona.
Porque abandonar es más fácil cuando se normaliza. Cuando se dice “no puedo”, “no me alcanza”, “no sé qué hacer”.
Como si no hacer nada no fuera también una decisión.
Y como si abandonarlo no fuera una forma de violencia.
Pero contésteme realmente:
¿Quién abandona a quién?
¿Abandona el hijo que se va o la sociedad que nunca enseñó a cuidar?
¿Abandona la familia que colapsa o el sistema que no acompaña?
¿Abandona quien deja a una mujer en una carretera o quienes miran la noticia y pasan a la siguiente?
La respuesta duele porque no es única.
Abandonamos todos, de distintas maneras, cuando aceptamos que la vejez sea un territorio sin derechos plenos.
Nos decimos: me falta tiempo, dinero, paciencia.
Porque lo que realmente falta es una sociedad organizada.
Solo recuerden: todos vamos para allá. Sin excepción.
Vamos hacia un cuerpo que se cae, una memoria que titubea, una vida que necesita ayuda. Vamos hacia un punto en el que dependeremos de alguien más para lo más básico: levantarnos, comer, existir.
Y cuando una mujer mayor aparece inconsciente en una carretera, lo que verdaderamente se expone no es su abandono, sino nuestro futuro abandonado.
Porque una sociedad que no sabe qué hacer con sus viejos ya decidió qué hará con todos cuando llegue el momento.
Y el momento, tarde o temprano, siempre llega.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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