Por Yohali Reséndiz
Mitzi Sofía tenía 12 años. Vivía en Copalillo, Guerrero. Murió por la picadura de un alacrán.
No por una enfermedad rara.
Ni por una condición incurable.
Murió porque, cuando requirió un antídoto, no estaba disponible.
El suero antialacránico existe. Está probado. Está contemplado en los protocolos del sistema público de salud. Salvar vidas con ese suero es medicina básica.
Y aun así, Mitzi murió.
En su comunidad, el centro de salud no contaba con el suero y, además, no tiene atención médica permanente.
¿Cómo es posible que en estas zonas del país, donde los alacranes son parte de la vida cotidiana —y del riesgo cotidiano—, el sistema decida no contar con antídotos de emergencia, como si la muerte también tuviera la paciencia de esperar al siguiente turno?
Hace unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum disfrutó de un par de días de descanso en Guerrero y yo pregunto: ¿qué hubiese pasado si uno de estos animales la hubiese picado?
¿La hubieran dejado morir como a Mitzi Sofía?
Ahora bien, la denuncia y la indignación llegaron hasta la mañanera. ¿Qué sigue? ¿Pagar otra indemnización?
En la mañanera se respondió que el suero “existe”, que están programadas rutas de distribución, que el estado tiene programas de prevención, que hay informes. Ajá.
Pero ¿dónde estuvo todo eso para Mitzi Sofía?
¿Qué desesperación debió sentir su madre? ¿Cuánto dolor? Está bien, no lo tenían. ¿Y entonces? ¿No había manera de trasladarla con urgencia a un hospital donde sí existiera el antídoto? ¿O no valía la pena el esfuerzo de salvar una vida?
Ese es el punto que indigna: el Estado siempre llega puntual a explicar, pero no a prevenir.
Y ya saben: para toda denuncia que indigna siempre habrá una carpeta de investigación “ya abierta”, una aclaración de la autoridad, un boletín institucional, un “apoyo para gastos funerarios”, un acompañamiento “solidario” a la familia. Un abanico de programas para arropar a los deudos, porque el frasco del antídoto no estuvo disponible cuando se le requirió.
Hay que denunciar —es necesario— que en Guerrero, en Copalillo y en cientos de comunidades rurales e indígenas, el sistema de salud opera con una lógica cruel: la vida vale menos.
A la muerte de mexicanos y mexicanas todos los días por violencia no podemos seguir sumándole pérdidas por omisión. Esto debería servir para que la gobernadora disponga una línea directa desde el centro de salud de Copalillo y se garantice atención inmediata para salvar la vida de quienes parecen tener todo en contra.
La muerte de Mitzi Sofía no es mala suerte.
Es abandono institucional.
Nadie debe morir porque un medicamento elemental “no alcanzó a llegar”. Mitzi Sofía no debió convertirse en estadística porque el Estado decidió que la salud básica puede administrarse a medias. Cuando un antídoto existe y no está, eso no es carencia: es negligencia.
Mitzi Sofía no murió por un alacrán.
Murió porque nació en una comunidad alejada y pobre.
Y mientras el sistema siga funcionando con discursos y no con acciones, con presencia real y no con boletines, seguirán muriendo personas por negligencia y seguiremos escuchando que todo está “bajo control”.
Concluyo indignada: la indiferencia del Estado mata más rápido que el veneno de un alacrán.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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