Por Yohali Reséndiz
En pleno 2026, cuando el sarampión debería ser recuerdo, México enfrenta un repunte. Al cierre de 2025, el país acumuló más de seis mil casos confirmados y 24 muertes por una enfermedad prevenible hace décadas. Lejos de contenerse, el brote continuó en los primeros meses de este año, superando los siete mil contagios y con presencia en prácticamente todo el territorio nacional.
Resultado de un sistema que dejó de prevenir. El sarampión no reapareció por casualidad es consecuencia de romper esquemas de vacunación, falta de campañas, escasez intermitente de biológicos, desorganización institucional. El virus es el mismo, lo que cambió fue la capacidad y voluntad del Estado que creyó que el sarampión podía controlarse solo.
Las cifras existen, pero no alcanzan a explicar la dimensión de este desastre. Cada caso es un nombre, un integrante de una familia. El sarampión no mata por sorpresa: mata por complicaciones conocidas, por sistemas de salud tardíos y decisiones que se postergaron demasiado.
Y ahora respondamos:
¿Quién permitió que se rompieran las cadenas de vacunación?
¿Quién dejó de garantizar esquemas completos en la infancia?
¿Quién convirtió la prevención en un trámite administrativo y no en una prioridad nacional?
No, no y no, no se trata de errores aislados ni de un solo sexenio. Se trata de una acumulación de omisiones que nos ubica en este retroceso.
Un país que fue referente continental en inmunización hoy enfrenta brotes que debieron ser evitables. Es consecuencia.
Y la calamidad del sarampión es que no golpea por igual. Afecta con mayor fuerza a comunidades rurales, a zonas marginadas, a familias sin acceso continuo a servicios de salud como si el virus detectara también desigualdades y entra por ahí.
Lo más alarmante no es que el sarampión haya vuelto, sino la tibieza con la que se asume. La facilidad con la que se diluye entre comunicados, conferencias y llamados generales. Como si las muertes fueran daños colaterales aceptables.
Así que nos debe quedar claro, que cuando una enfermedad erradicable vuelve a matar, el problema no es epidemiológico sino estructural, político y ético.
Y la pregunta se vuelve inevitable:
Si hoy alguien muere de sarampión,
¿quién responde?
¿El virus…o quienes dejaron de prevenirlo?
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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