Por Yohali Reséndiz
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/287.52

Cuando cayó Pablo Escobar, Colombia entró en un reacomodo violento. La caída del capo no significó el fin del terror que sembró, sino la fragmentación. 

Otros actores ocuparon otras plazas, hubo disputas y, sobre todo, más incertidumbre en la población. 

Tras su muerte en 1993, organismos internacionales documentaron el surgimiento de múltiples estructuras criminales derivadas del antiguo cártel de Medellín, con un aumento de violencia focalizada y un control territorial disperso.

Algo no muy distinto ocurrió cuando El Chapo Guzmán fue capturado en México. Ustedes lo recordarán: hubo bloqueos, incendios, represalias, ciudades paralizadas. No había control, sino una sociedad resguardada.

Entre 2014 y 2016, tras sus detenciones, hubo registro de bloqueos carreteros, quema de vehículos y suspensión de actividades en distintas zonas de Sinaloa.

Una década después, con la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, este patrón se repite porque ese es el poder real del narco: la capacidad de desordenar la vida del país en segundos y en distintos estados. 

Y aquí ya no importa si el líder de un cártel está vivo, muerto o capturado, porque de acuerdo con lo experimentado el resultado ha sido el mismo: romper la normalidad de un país entero.

Desde 2015, el Cártel Jalisco Nueva Generación ha mostrado distintas facetas documentadas, y una de ellas es justamente su capacidad de reacción simultánea con un fondo claro: el mensaje de que la sociedad mexicana active el interruptor interno del miedo preventivo.

Es mentira que cuando un líder cae, la paz llega, porque lo que sigue son disputas, venganzas, mensajes y demostraciones de fuerza. Ese es y ha sido el lenguaje del narco.

Por eso la vida del ciudadano es la primera víctima.

¿Y qué sigue? Cierre de escuelas.

Quema de vehículos.

Incendio de tiendas como control simbólico.

Da miedo mirar las calles de la Ciudad de México vacías. Uno nunca pensaría que el caos vehicular de todos los días pudiera representar estabilidad emocional. Hoy después de la caída de “El Mencho” no hay tráfico. Ni patrullas. Ni ciudadanos. 

Cada ataque a comercios, transporte y servicios públicos ha sido identificado por analistas de seguridad como mecanismos de presión social y demostración de control. Y eso es verdad: ellos tienen el control.

Y luego aparece el daño psicológico y social que por cierto, está documentado

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la American Psychological Association (APA) coinciden en que la exposición reiterada a violencia impredecible, -aunque no se sea víctima directa-, genera estrés agudo colectivo. Ansiedad, hipervigilancia, alteraciones del sueño y conductas de evitación en personas que solo “se enteran” de los hechos.

Estudios sobre trauma colectivo realizados en contextos de violencia crónica en América Latina documentan que, cuando la amenaza es difusa y no hay información clara, la sociedad desarrolla miedo anticipatorio: es decir, el cuerpo permanece en alerta permanente, como si el peligro fuera constante, aun cuando no lo sea.

Quienes vivieron lo que ocurrió recientemente en el aeropuerto en Jalisco, no solo fue afectación logística. Investigaciones publicadas en The Journal of Traumatic Stress señalan que ese encierro forzado en contextos de amenaza generan sensación de pérdida de control, desorientación temporal y respuestas fisiológicas similares a las de una agresión directa.

Incluso escuchar disparos en la calle, aunque no haya heridos, activa respuestas automáticas del sistema nervioso: aumento del ritmo cardíaco, liberación de cortisol y percepción constante de peligro y esto modifica el comportamiento social durante semanas o meses: menos movilidad, menos convivencia, más aislamiento. Más zozobra, cancelación de planes. Afectaciones a la vida laboral y cotidiana. 

En cuanto a la quema de una tienda en una comunidad no es solo el daño material, para muchos representa la pérdida de un punto de estabilidad cotidiana. Estudios del Banco Mundial sobre violencia comunitaria señalan que la destrucción de comercios, rutas y servicios debilita el tejido social y refuerza la percepción de abandono institucional.

En las niñas y niños, la suspensión repentina de clases por hechos violentos se asocia con normalización del miedo, dificultad para concentrarse y una asociación temprana del espacio público con peligro, según reportes de UNICEF en contextos de violencia no declarada.

Nuestras rutinas rotas, cuerpos en alerta y sociedades que aprenden a vivir esperando el siguiente estallido o la siguiente detención. Ese es el daño colateral más profundo y el más duradero y aquí la pregunta es: hasta cuándo el narco seguirá teniendo sobre nosotros ese poder… incluso cuando su líder ha muerto

✍🏻
@yohaliresendiz

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.