Por Yoeli Ramírez*
No sé en qué momento les ocurrió, y sí, lo escribo en plural.
No sé en qué año ustedes —los adultos como yo— dejaron de mirar al cielo la noche del cinco de enero con esa fe luminosa que no sabía de límites ni de decepciones.
Tal vez fue cuando entendieron que desear también cansa.
Cuando aprendieron que las responsabilidades pesan más que los sueños.
O cuando alguien les dijo —sin decirlo— que crecer era dejar de pedir.
A los adultos nos educaron para cumplir. Para resolver y aguantar.
Nos enseñaron que la magia tiene fecha de caducidad.
Que creer en ellos es ingenuo y que pedir, cuando puedes sostenerte solo, es signo de debilidad.
Y entonces dejamos de escribir cartas, ¿verdad?
No porque ya no quisiéramos, sino porque aprendimos que ya no debíamos hacerlo. Dejamos de mirar bicicletas, muñecas, trenes, patines, y cerramos esa puerta con cuidado, convencidos de que la madurez consistía en no esperar nada más.
Hoy no pedimos la noche del cinco de enero.
Pedimos todo el año, pero en silencio.
Pedimos en la regadera, en el tráfico, antes de dormir.
Pedimos cuando abrazamos a alguien enfermo y no sabemos cómo ayudar.
Pedimos bajito.
Casi pidiendo perdón por necesitar.
Ah, y además, dejamos de mirar a la estrella más brillante.
Anoche, sin embargo, me detuve. Y me decidí a escribir:
Queridos Reyes Magos:
No he dejado de creer en ustedes. Es solo que ser adulta me volvió eficiente, responsable, cumplida.
Aprendí a resolver, a sostener, a cargar, a no incomodar, a no pedir de más ni esperar demasiado.
Así que hoy no quiero juguetes.
Quiero calma, un descanso sin culpa, que quienes amo lleguen con bien a casa y, de vez en cuando, no tener que ser la fuerte.
¿La magia se acaba cuando crecemos o somos nosotros quienes dejamos de mirarla?
Y ahora les pregunto a ustedes, queridos lectores:
Seguimos creyendo en los Reyes Magos; solo que ahora lo escondemos.
Ahora nosotros damos: damos trabajo, cuidados, tiempo, palabras, soluciones; incluso damos cuando estamos vacíos.
Creo que lo que pasó es que un día confundimos madurez con renuncia, como si pedir fuera vergonzoso, como si merecer tuviera condiciones, ¿verdad?
Queridos Reyes:
Este año no pediré milagros grandes.
Solo quiero pequeñas cosas para mí.
Un día sin prisa.
Una conversación honesta.
Una respuesta de “sí se puede” cuando todo parece ir cuesta arriba.
Y, lo más importante: que jamás se me endurezca el corazón ni se apague mi capacidad de asombro; que no me avergüence desear ni sentir.
Ustedes me enseñaron que la verdadera magia no está solo en lo que llega, sino en lo que somos capaces de recibir cuando abrimos los brazos: ayuda, amor, besos, descanso, ternura, deseo.
En recordar que pedir no es debilidad.
Así que esta noche me haré una tisana y miraré al cielo.
No exigiré ni reclamaré.
Confiaré lo que quiero a las estrellas.
Porque aún tengo deseos.
Los adoro… viven en mí.
Ojalá quienes me leen hagan su carta. Es renovador, es reparador… y eso también es magia.
Feliz Día de Reyes.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()