Por Florencia García, Miriam Silva, July Puentes y Lisbeth Camacho*
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Hablar de cambio climático es hablar de ciencia: de datos, modelos, innovación, tecnología y decisiones informadas. Pero también es hablar de quién produce ese conocimiento y de quién decide cómo se usa. Hoy, en la ciencia existe una brecha de género profunda y persistente que limita la participación de las mujeres en los espacios donde se crean soluciones y oportunidades para enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Esta brecha no surge de manera repentina en los centros de investigación, en los laboratorios, en las empresas tecnológicas ni en las mesas de negociación climática. Se construye desde la infancia y se mantiene a lo largo de la trayectoria educativa, profesional y política, hasta traducirse en una menor presencia de mujeres en la ciencia, en la producción de energía y en la toma de decisiones.

Investigaciones clásicas y recientes en psicología y educación coinciden en que los estereotipos de género relacionados con la ciencia y la tecnología emergen desde edades tempranas. Un estudio publicado en 2017 en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences documenta cómo estas creencias aparecen alrededor de los 6 años de edad e influyen en la percepción de quién “pertenece” al mundo de la ciencia. Evidencias más recientes confirman estos hallazgos y muestran que los estereotipos se consolidan desde la infancia y contribuyen a las diferencias de interés entre niñas y niños en áreas científicas y tecnológicas.

Con el paso del tiempo, esa duda inicial se profundiza. Durante la adolescencia, la brecha se vuelve visible en las aspiraciones educativas. Los datos del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) muestran que, a los 15 años, el 28 % de los niños expresa interés en estudiar ciencias o ingeniería en la universidad, frente al 9 % de las niñas. Esta diferencia no refleja una brecha de habilidades en las niñas; ellas suelen tener desempeños similares o incluso superiores, pero el peso acumulado de estereotipos, la falta de referentes y los entornos poco inclusivos alimentan esta tendencia.

Estas trayectorias educativas influyen directamente en quienes llegan a los sectores donde se define cómo enfrentar el cambio climático. En ámbitos estratégicos como las energías renovables, las mujeres siguen subrepresentadas, especialmente en roles técnicos y de liderazgo. En el ámbito global, la participación femenina en estos espacios se sitúa por debajo del 25 % y disminuye conforme aumentan la jerarquía y la toma de decisiones, según consigna la Agencia Internacional de Energías Renovables.

La misma lógica se reproduce en la gobernanza climática global. La Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático es el principal espacio de toma de decisiones climáticas en el ámbito internacional. Sin embargo, la paridad sigue lejos de alcanzarse. Según el Gender Climate Tracker, en 2008 solo el 31 % de las personas delegadas eran mujeres, y el 82 % de las delegaciones estaba dominado por hombres. Para la COP30 en 2025, aunque hubo avances, las mujeres representaron apenas el 40 % de las delegaciones, una mejora de menos de 10 puntos porcentuales en casi dos décadas, y el 61 % de las delegaciones siguen teniendo más hombres que mujeres.

No son solo cifras. Se trata de quienes pueden imaginar, diseñar y decidir las respuestas ante la crisis climática y las rutas para transitar hacia economías más sostenibles y resilientes. Cuando las mujeres quedan fuera de la ciencia y de estos espacios de toma de decisiones, se pierden perspectivas clave para comprender impactos diferenciados, necesidades locales y alternativas más inclusivas. El riesgo es avanzar hacia políticas energéticas técnicamente eficaces, pero socialmente injustas.

Uno de los principales acuerdos globales alcanzados para atender la crisis climática es transformar los sistemas energéticos, que dependen de combustibles fósiles, en sistemas basados en energías limpias, para reducir significativamente las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Pero esta transformación no es solo técnica: es profundamente social y política.

La forma en que producimos, distribuimos y consumimos energía define no solo la cantidad de emisiones, sino también qué territorios se transforman, qué comunidades asumen los costos y quiénes acceden a los beneficios de la transición. Estas decisiones se basan en conocimiento científico, modelos técnicos y prioridades políticas, en espacios donde las mujeres aún participan poco.

Necesitamos más niñas que crean que la ciencia también es su lugar, más jóvenes que permanezcan dentro de un enfoque educativo y profesional que integre ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, más mujeres que produzcan conocimiento y participen en las decisiones que contribuyan a crear un futuro más sostenible y justo para nuestro país. Solo así será posible transformar las estructuras que generan desigualdad y garantizar que la respuesta a la crisis climática no deje a nadie atrás.

La crisis climática necesita ciencia y la ciencia necesita igualdad para estar a la altura de los desafíos.

*Sobre las autoras:

Florencia García
Analista en transición energética justa y justicia climática en Iniciativa Climática de México (ICM). Desarrolla insumos e investigación sobre carbon lock-in, transición energética y salida de los combustibles fósiles, incorporando los principios de justicia y de enfoque de derechos. 

Miriam Silva
Analista en transición energética justa y justicia climática de ICM. Desarrolla insumos técnicos y análisis económicos sobre la transición energética justa, incluyendo la evaluación de impactos socioeconómicos, los riesgos de carbon lock-in y las rutas de diversificación productiva para una salida ordenada de los combustibles fósiles, con enfoque de justicia y equidad.

July Puentes
Responsable de proyectos y de asuntos de igualdad de género e inclusión social de ICM. Coordina la implementación de proyectos de la gerencia de transición justa y de justicia climática y asegura la transversalización de la perspectiva de género a nivel institucional.

Lisbeth Camacho
Gerente de transición energética justa y justicia climática en ICM. Gestiona proyectos enfocados en la descarbonización del sector eléctrico, incorporando un marco de justicia climática y una perspectiva de género interseccional.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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