Por Adriana Sandoval 

Creímos que habíamos dejado atrás la delgadez extrema. Que, después de años de cuerpos imposibles, algo se había roto; que la conversación sobre diversidad había logrado, al menos, incomodar al ideal. Pero no desapareció. La delgadez no se fue: se refinó. Se volvió más silenciosa, más aspiracional, más difícil de nombrar. Y, sobre todo, más rentable.

Porque esto no es una moda, es un sistema que entiende perfectamente dónde está el valor. Durante décadas, la industria construyó un ideal que no tenía que ver con salud ni con bienestar, sino con funcionalidad. El cuerpo ideal no es el que está bien, es el que no estorba. El que no compite con la ropa, el que no interrumpe la imagen, el que no reclama espacio. Un cuerpo que aprende a hacerse pequeño para que la ropa pueda verse, para que el producto tenga protagonismo, para que la narrativa comercial fluya sin resistencia.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.