Por Adriana Sandoval
Hay algo silencioso ocurriendo en la infancia moderna. No hace ruido como una epidemia infecciosa. No colapsa hospitales de un día para otro. No se siente urgente porque avanza lento, casi invisible; entre loncheras, pantallas, prisas y comida ultraprocesada.
Pero está formando cuerpos inflamados, paladares alterados y relaciones profundamente rotas con la comida desde edades cada vez más tempranas.
Y quizá lo más duro es que ya normalizamos verlo.
México lleva años entre los primeros lugares mundiales de obesidad infantil. La ENSANUT reporta que cerca de 4 de cada 10 niños en edad escolar viven con sobrepeso u obesidad.
Pero reducir el problema a una cifra de peso es quedarse en la superficie. Porque detrás vienen otras cosas: resistencia a la insulina, hipertensión, alteraciones metabólicas y una enfermedad que hace apenas unos años parecía exclusiva de adultos con décadas de malos hábitos: hígado graso.
Hoy hay niños con hígado graso.
Niños cansados.
Niños que roncan.
Niños con triglicéridos altos.
Niños que ya viven inflamados antes de entender siquiera qué significa esa palabra.
La infancia cambió radicalmente en menos de una generación:
Los recreos se hicieron más pequeños.Las cocinas más rápidas.Las pantallas más grandes.El movimiento lúdico más escaso.Y la industria alimentaria más sofisticada.
Hoy, un niño puede consumir en un solo día cantidades enormes de azúcar añadida o grasa sin que nadie lo perciba realmente: cereal “integral”, yogurt “para niños”, jugos, barras, galletas, donas y bebidas deportivas que tal vez no necesita.
Productos diseñados para ser irresistibles.
Porque sí: gran parte de la industria no vende alimento. Vende hiperpalatabilidad.
Combinaciones precisas de azúcar, grasa, sodio, saborizantes y texturas capaces de activar circuitos de recompensa cerebral de manera intensa. El cuerpo aprende rápido a buscar placer inmediato. Y después, naturalmente, una fruta parece insuficiente.
Entonces empezamos a escuchar frases como: “Es que no le gustan las verduras”, “es muy especial para comer”.
Pero muchas veces no es el niño, es el entorno. Un paladar también se educa. Y la infancia es probablemente la etapa más sensible para hacerlo.
La evidencia en nutrición temprana es contundente: los primeros años de vida moldean la microbiota intestinal, las preferencias alimentarias, la regulación del apetito y el riesgo metabólico futuro. Es decir, el cuerpo recuerda la infancia mucho más de lo que creemos.
Recuerda cómo fue alimentado, cómo dormía, cómo veía comer a los adultos, qué emociones había alrededor de la mesa.
Porque la nutrición nunca ha sido solamente nutrientes. También es vínculo, rutina, disponibilidad, lenguaje emocional.
Y ahí aparece otra tragedia moderna: la cultura de la dieta ya alcanzó a los niños.
Niños de primaria hablando de calorías, adolescentes aterrados por “engordar”.
Mamás contando carbohidratos frente a hijos que todavía están aprendiendo a habitar su cuerpo.
Vivimos tan obsesionados con el peso que muchas veces olvidamos formar algo mucho más importante: una relación estable con la comida.
Un niño no necesita aprender la culpa alimentaria.
Necesita aprender confianza corporal.
Necesita entender hambre y saciedad antes que macros.
Necesita comer viendo personas, no pantallas.
Necesita adultos que dejen de hablar del cuerpo como proyecto permanente de corrección.
Porque los niños escuchan todo.
Escuchan cuando una mamá dice “me porté mal”.
Cuando alguien llama “gorda” a otra persona.
Cuando el postre se convierte en premio y las verduras en castigo.
Y, aunque parezcan comentarios pequeños, van construyendo una narrativa interna: comer deja de ser una necesidad biológica y empieza a convertirse en moral.
Comer bien tampoco debería significar perfección. No necesitamos infancias llenas de restricciones, suplementos, productos “fit” o ansiedad nutricional disfrazada de salud.
Necesitamos volver a cosas mucho más simples y mucho más poderosas: agua, sueño, movimiento, comida real, horarios, mesas compartidas y adultos emocionalmente más sanos frente a la comida.
Porque quizá una de las formas más profundas de cuidar a un niño no es enseñarle a hacer dieta. Es enseñarle que su cuerpo merece cuidado antes de necesitar reparación.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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