Por María Alatriste

En vísperas del Día de la niñez abundan los mensajes tiernos. Sin embargo, hay algo profundamente hipócrita en celebrar a las niñas y los niños sin mirar de frente una de las violencias más brutales que los atraviesan: el abuso sexual infantil y la explotación. Nos gusta pensar que hay horrores lejanos,  que el abuso sexual infantil ocurre en otros barrios, en otras familias, en otros mundos. 

Pensamos que la trata tiene un rostro reconocible, una escena cinematográfica, una frontera precisa entre víctimas y verdugos. Pero no. La violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes suele instalarse donde más cuesta nombrarla: en la casa, en la escuela, en la iglesia, en la confianza, en la rutina, en el silencio. Y también en los grandes espectáculos que prometen orgullo nacional mientras multiplican los riesgos para quienes ya viven en vulnerabilidad.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.