Por Priscilla de Anda*
Hay momentos en la crianza que parecen menores, pero que en realidad marcan profundamente a una niña o un niño.
Hace poco, mi hija llegó llorando porque algo no salió como esperaba. No era hambre, no era cansancio. Era frustración. Mi primera reacción pudo haber sido apurarla, distraerla o decirle que “no pasaba nada”. Pero me detuve. Me senté a su altura, la abracé y le ayudé a ponerle nombre a lo que sentía.
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