Por Alba Medina
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Hoy, 19 de mayo de 2026, Elena Poniatowska cumple 94 años. Nació en París, creció en Polonia y se hizo gigante en México. Cualquier homenaje que intentemos hacerle siempre va a quedarse corto de palabras. Por eso, para hablar de ella decidí hacerlo desde un recuerdo.

Era 2013. Unos días después de recibir el Premio Cervantes, el área infantil de la Biblioteca Vasconcelos invitó a Elena Poniatowska a leer "El niño estrella" para celebrar el Día del Niño.

A la entrada del edificio la esperaban unos treinta niños con rosas rojas. Ya los habían instruido: “cuando entre la escritora, ustedes, así formaditos como están y de uno en uno, le dan la flor que tienen en la mano”.

Apenas dio un paso dentro de la biblioteca, los adultos comenzamos a aplaudir y los niños se abalanzaron hacia ella luchando por quién le entregaba primero el obsequio. Los organizadores trataban en vano por rehacer la fila, pero el caos ya era insalvable.

Elena, sin preocuparse de más, abrazaba a los niños, recibía las flores y les decía: “pero si es su día, no el mío”.

Después nos fuimos al área infantil. Habían acondicionado un espacio con cojines, tapetes didácticos, puffs y una mesa baja para que desde ahí Poniatowska pudiera leer.

Mi hijo había quedado muy cerca del pequeño escritorio. Estaba tan a gusto que decidió quitarse los zapatos primero y los calcetines después. La lectura transcurría entre referencias a las orejas de Saturno, el telescopio de Tonantzintla y el ruido de las estrellas, mientras yo veía con preocupación cómo mi vástago se acercaba cada vez más y más a la escritora. Hasta que, con el mayor descaro posible, acomodó sus pies al lado de ella.

“Sólo a este canijo se le ocurre ponerle las patas encima a una premio Cervantes”, pensaba, mientras intentaba llegar hasta él.

Poniatowska reaccionó haciéndole cosquillas e incluyendo más escenas chuscas en su narración.

Lo interesante de esta anécdota es que Elena hizo lo que desde hace más de ochenta años ha venido haciendo: tomarse la vida en serio cuando las circunstancias lo ameritan, pero disfrutar con tranquilidad y buen humor aquellas cosas que, por sencillas, son inofensivas.

La anécdota de los pies de mi hijo me remonta a esa historia del boom cuando, tras la cachetada que Mario Vargas Llosa le dio a Gabriel García Márquez, Elena fue a una carnicería a comprar un bistec para ponérselo en el ojo a Gabo: primero lo urgente. O cuando les llevaba café y pan a los espías de la Dirección Federal de Seguridad que el gobierno mandaba a vigilarla porque le daba tristeza que estuvieran ahí tanto tiempo sin nada para comer.

Pero, aunque parece navegar con bandera de inocencia, Elena es todo menos ingenua. Tiene una habilidad extraordinaria para diseccionar la realidad hasta en su sección más mínima e íntima y encontrar explicaciones simples para cosas complejas.

También encuentra las salidas literarias más hermosas para sus textos. Son historias pensadas y repensadas miles de veces para lograr esa aparente simplicidad. Detrás de esa forma de escribir tan sencilla hay toda una vida dedicada a borrar, escribir y borrar de nuevo.

Siempre se me ha hecho curioso que la primera vez que fui consciente de que los escritores existían fue cuando mi prima Luz Alicia dijo que en la prepa le habían dejado leer La noche de Tlatelolco y su hermana mayor le contestó: “mi jefe conoce a la autora”. Antes de eso, yo no era consciente de que “alguien” hiciera los libros. Creía que existían y ya, como las flores, las sillas o los gatos.

Creo que fue esa revelación tan extraña la que me hizo acercarme al libro y, aunque aún era muy complicado para mi edad, entendí que detrás de cada historia había alguien escribiéndola.

Además, Elena hizo algo invaluable. Se convirtió en esa amiga que te presenta a sus “compas” para que también los quieras. De su mano descubrí a Rosario Castellanos, Pita Amor, Nahui Olin, José Saramago, Tina Modotti, Juan Gelman, Alejandro Aura y a Eduardo Galeano.

Hace algunos años fui a una presentación de un libro en la Fundación Elena Poniatowska. Cuando vi a Marta Lamas me acomodé cerca de ella.

De repente entró Elena y se sentó a su lado. Traía una bolsa enorme, como esas que usamos para ir al mercado. Le preguntó por un doctor que le había recomendado y por un viaje de su hijo. Era la conversación cotidiana de dos amigas que se encuentran en el cine o en el teatro.

Cuando llegó su hijo Felipe Haro Poniatowski le dijo:

—Mamá, tú debes estar allá arriba.

Y le señaló el escenario donde el autor la esperaba.

—¿Y yo para qué? La gente viene a ver al autor, no a mí.

Finalmente subió a la mesa y escuchó con paciencia los halagos de rigor. Pero cuando tomó la palabra sacó el libro lleno de post-its fluorescentes y empezó:

—Pues mira, aquí donde tú dices que pasó esto, yo estuve ahí y no fue así…

Entonces lo diseccionó, lo criticó y lo analizó con inteligencia y humor. ¿Cuántos libros habrá presentado ella en su vida? Y aún trata cada uno con tanto respeto.

Sin embargo, y a pesar de todo lo que la admiro y quiero, debo confesar la vez que sentí que la había traicionado.

Mi amiga Angy me prestó El amante polaco. Empecé a leerlo emocionada, pero a las pocas páginas ya me había desesperado. La verdad es que si su abuelo duque montaba un caballo blanco o azul me daba exactamente lo mismo. No soy nada asidua a las monarquías, así que seguí pasando hojas únicamente para poder decirle a mi amiga que muchas gracias y que lo había disfrutado mucho, porque tengo tan pocas amigas que no podría romperle el corazón a ninguna.

Pero al final encontré la historia que sí me interesaba. Ahí, pequeñita, escondida debajo del abuelo conde, marqués o rey, estaba una Elena indefensa; no la gran escritora, sino una jovencita ilusionada con su maestro. Una muchacha engañada por un sátiro que vivía de la admiración de mujeres mucho más jóvenes que él. Una joven que, con el corazón roto, se negó a entregar a su hijo y decidió criarlo en medio de las habladurías de la buena sociedad mexicana de los años sesenta.

Cómo me hubiera gustado abrazarla y decirle que, por muy extraordinario cuentista que hubiera sido aquel “maestro”, ella le había ganado. Porque logró algo más importante que todos los galardones literarios: estuvo a la altura de la vida.

Para Poniatowska no hay nada más importante que las personas. Esa búsqueda obstinada de humanidad es el motor que la mantiene escribiendo, y espero que lo siga haciendo hasta que se acabe la tinta o no quede ninguna injusticia por nombrar.​


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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