Por Linda Atach Zaga
“Antes, el Ángel de la Independencia era lo primero que se veía parado contra el cielo, a ras del aire, donde empiezan las nubes. Era el sueño más acariciado de los niños de provincia en sus tardes de calma cosquilleante.”Fuerte es el silencio, 1980.
A principios de octubre de 2014, el Museo Memoria y Tolerancia tenía menos de cuatro años de abierto: todavía poco público y muchísimo que demostrar.
Justo cuando mi equipo y yo debatiamos sobre el tema al que se dedicaría nuestra primera ofrenda de Día de Muertos, la desaparición de los 43 normalistas de la Escuela Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa llegó para sacudir al país y acabar de matar al PRI. También para hacernos ver que, como museo dedicado a visibilizar lo inaceptable e inspirar el respeto, la no discriminación y la difusión de los derechos humanos, cualquier esfuerzo para hacer conciencia sobre la violencia y la impunidad era poco, porque vivíamos en un país donde la muerte y el desprecio por la vida se habían normalizado al grado de desaparecer personas y asumir que nadie las reclamaría.
Muy claros en que la noche de Ayotzinapa era un parteaguas —que más tarde mi maestro Sergio Aguayo describió como el resultado de una descentralización del orden, donde violencias como la de Iguala salían de las manos de las altas esferas del poder y del mismo presidente— decidimos honrar a los 43 en nuestro altar, a menos de un mes de su desaparición.
El proyecto fue un reto mayor: ¿cómo despertarnos del letargo que nos había hecho caer en tan vergonzosa indiferencia? ¿De qué manera podríamos impactar a nuestros visitantes, aún sin la completa certeza ni explicaciones de lo que en realidad había sucedido?
Así, buscando nombre para el ejercicio artístico y, a la vez, para un crimen tan poco atendido, no pudimos encontrar mejor título que Fuerte es el silencio, tomado del libro del mismo nombre que Elena Poniatowska había publicado en 1980. Afín y claro, el texto hablaba de las tragedias, sobre todo de las muertes, el dolor y las injusticias sociales que habían marcado a nuestro país en las últimas tres décadas, pero también de la necesidad de una resistencia capaz de confrontar el mutismo que condena al olvido.
Envalentonados y sin nada que perder, contactamos a Elenita para pedirle permiso de usar el título de su libro y unas líneas del mismo, con la sorpresa de que no nada más permitió el uso de su texto, sino que se ofreció a asistir a la inauguración de la ofrenda, avalando nuestro atrevimiento al afirmar, a tan pocos días de la noticia, que los jóvenes normalistas no sólo estaban muertos, sino descuartizados, quemados e insepultos en una de las tantas fosas clandestinas que tristemente se han vuelto parte de la geografía del terror de nuestro país.
Hoy, que Elenita cumple 94 años de una existencia plena y comprometida con la verdad, le agradezco el amoroso espaldarazo que nos dio en aquella inauguración y todo el apoyo que, durante más de 15 años, le ha brindado al museo.
Nada ni nadie hubiera podido legitimar más nuestro trabajo, pero también enseñarnos a ser valientes y a decir con nuestras exposiciones lo que se debe gritar. Su ejemplo fue capital y, sin duda, nos ha inspirado para concretar lo que hacemos.
Aprovecho este agradecimiento para compartir un detalle cautivador del compromiso de nuestra admirada festejada. El día de la celebrada inauguración, Elena llegó antes de la cita y, aunque vestida del negro luctuoso que demandaba hablar de Ayotzinapa y perfectamente maquillada, nuestra invitada venía en zapatos bajos.
Estábamos casi listos para iniciar el evento del corte de listón cuando Elenita me pidió que le recibiera a su asistente una bolsa, de la que sacó unos zapatos de tacón negro que se calzó discretamente detrás de una de las mamparas de la intervención artística.
—No te hubieras cambiado —le dije sinceramente—. Te veías fabulosa con tus zapatos bajos.
—Nada como unos tacones, y más cuando el evento lo merece —me respondió con una seriedad que hasta hoy recuerdo.
Desde entonces, cada vez que me subo en mis sandalias altas para inaugurar una muestra, recuerdo su elegancia, compromiso y la vigencia del título que nos impulsó.
Fuerte es el silencio y una Elena por siempre para seguir rompiéndolo y enalteciendo la verdad.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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