Por Mónica Hernández
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/382.536

Un cumpleaños siempre es motivo de celebración, pero cuando es el número 94, también es motivo de júbilo y de gozo, en este caso, literario. Más aún cuando hace pocos meses se esparció la noticia —falsa, falsísima— de que Elena Poniatowska había fallecido. Las redes se inundaron de homenajes anticipados y de elegías que buscaban ser primicia. Por suerte para quienes la leemos y disfrutamos a través de sus letras, hay Elena para rato y nos gustaría que fuera para mucho. De cualquier forma, Elena Poniatowska ya será eterna gracias a su pluma.

De aquella niña que vivía en la avenida de Lamballe y salía por el callejón Berton para bajar al Sena a caminar con el aya queda poco. Tal vez recuerdos del viaje en el Marqués de Comillas, buque de 13,200 toneladas y 145 metros de eslora, que ofreció servicios de transporte a exiliados y refugiados de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial. De su temprana afición a la lectura, merced a la biblioteca de su abuelo Andrzej Poniatowski y a la revista para chicas La Semaine de Suzette, queda mucho, y nos lo ha dejado en más de 40 libros y miles de artículos en distintos periódicos, como La Jornada, Excélsior, Novedades, Siempre!, El Financiero, Unomásuno, entre otros.

¿Por qué hay que leerla? Elena Poniatowska inauguró su carrera profesional a los 22 años, en 1953, cuando entrevistó al embajador estadounidense Francis White. La transcripción de su primera entrevista resultó diferente a lo que se publicaba normalmente. Ella siempre llamando la atención, desde su ropa recatada y su collar de perlas. Para 1955 publicó su primer libro, Lilus Kikus, con doce cuentos que son un rito de iniciación hacia la vida adulta, donde reflexiona sobre la religión, las convenciones sociales y la educación. La novedad más impresionante fue que las ilustraciones estaban realizadas, nada más y nada menos, que por la pintora surrealista Leonora Carrington. ¿Contactos? Sí, en las más altas esferas sociales, económicas y políticas del país. Pero que nadie se llame a engaño. Elena Poniatowska utilizó y exprimió en su beneficio su condición familiar, mezclándola con el talento y la curiosidad que la caracterizan hasta la fecha. Ella dice de sí misma que “es una inconsciente” porque ha seguido preguntando, interrogando y siendo curiosa. Yo digo que es una genia, porque no sólo es bruja y adivina. Es maga. Una mujer admirable que encontró en la literatura su razón de ser y de trascender.

Y no es una genia por haberse convertido en escritora, previo paso por una breve carrera comercial de taquimecanografía, para tomar dictados y escribir notas. Su paso por la taquigrafía Gregg es ya una leyenda (leyenda que comparto, porque yo también estudié Gregg). Aprendió de Ana Cecilia Treviño, llamada Bambi por esa mirada alargada. Y aprendió con el Lic. Correa y empezó a escribir. Y a preguntar. Y a tomar notas en libretas Scribe. Y a transcribir y redactar. Y se mudó a Novedades. Es una genia porque inauguró un estilo, un canon dentro de la literatura: el periodismo literario. Nadie lo había hecho antes que ella. Algunas lo han hecho después, como Cristina Peri Rossi y Rosa Montero, y también muchas más a las que leeremos después. Ella inventó, pulió y expandió el género, aunque no se reconozca como tal (por alguna misteriosa razón, el periodismo y sus hijos, como el artículo, la crónica, la columna y etcétera, se consideran ensayo. A secas).

Durante muchos años he escuchado decir a mucha gente que no le gustan las novelas de Elena, porque las consideran difíciles. Porque no parecen novelas. Porque no siguen una línea recta, porque están llenas de flashbacks, de anécdotas, de entrevistas a terceros, de voces ajenas al narrador y al protagonista; de capítulos dentro de los capítulos y de referencias a otros textos, a otras entrevistas, a otras bibliografías. Metaliteratura antes de que se acuñara el término. Sí. La literatura de Elena Poniatowska requiere atención.

También es una genia porque fue madre soltera cuando esas “faltas” se ocultaban, se borraban. Pero ella no. Peleó con sus familiares y luchó para quedarse con el hijo de su vergüenza, el hijo de una violencia que se convirtió en muchas violencias, porque una mujer embarazada en los años 50 y soltera era una vergüenza, y más para su familia y su clase. Y a las pecadoras (de entonces y de ahora) se les castigaba y se les castiga, aunque sean las víctimas. Hubo de echarse al mundo encima para quedarse con su hijo, para recibirlo y acogerlo. Para criarlo como madre soltera, mamá luchona, familia monoparental. El padre de la criatura gozó de impunidad social, económica y, desde luego, patriarcal. Elena fue una feminista cuando ni siquiera se les llamaba feministas. El #MeToo, el #TimesUp, el #NiUnaMenos, el #VivasNosQueremos y el 8M fueron posteriores a ella, víctima también de abuso físico y psicológico de género. Porque Elenísima ha denunciado, en artículos, crónicas, ensayos y novelas, la condición de las mujeres en México y, de paso, en el mundo.

Yo recuerdo otra Elena: la vecina de una señora alemana que tuvo una guardería fabulosa. La señora mayor que se acercaba a leerles cuentos —y Boda en Chimalistac, otro libro suyo— a los niños de dos y tres años que corrían como cabras locas por el jardín, el arenero y el castillito. Yo recuerdo a doña Elenita manifestándose por unos árboles junto a sus vecinos, en marchas políticas, en manifestaciones. A Elenita saludando a don Jorge, el vecino de la esquina que salía a lavar sus coches antiguos. Ya no sobreviven ni Tante Pimi ni Jorge, pero las casas vecinas siguen ahí, al lado de la suya.

Hoy hay que festejarla como se lo merece: leyendo o releyendo alguna de sus obras. ¿Mi favorita? Hasta no verte, Jesús mío: el retrato de las mujeres de la guerra, de todas las guerras. Botín para hombres, pero también esclavas, sirvientas para calentar las tortillas y el petate de los que se matan entre ellos por ideales que ni comprenden, pero en los que creen. Pero también me gusta mucho Siete cabritas. O Leonora. O Tinísima. O Tlapalería, un retrato cotidiano del rumbo, de la calle, de lo que nos hacía mexicanos antes del Home Depot. Hay mucho para elegir.

¡Felices 94, Elena Poniatowska!

✍🏻
@monhermos

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.