Por Carmen Espinosa Noreña
Durante muchos años creímos que para dirigir una empresa había que aprender a pensar de una sola manera: ser fuertes, racionales, competitivos y capaces de tomar decisiones sin permitir que las emociones interfirieran. La sensibilidad parecía una debilidad y la empatía, una cualidad secundaria frente a los resultados.
Como mujer que ha construido su trayectoria en sectores tradicionalmente dirigidos por hombres, aprendí a desenvolverme en ese entorno. Aprendí a negociar, asumir riesgos, defender decisiones difíciles y entender que una empresa necesita resultados para sostenerse.