Por Clau Ramírez Ugalde*
En cualquier sobremesa familiar o conversación con amigos es fácil comentar alguno de los nefastos acontecimientos que ocurren en el mundo. Algunos suceden tan lejos como al otro lado del planeta; otros se sienten tan cerca que provocan un hueco en el estómago. Mientras crece la incredulidad ante la historia que escuchamos, se nos salen las lágrimas de dolor por lo que probablemente vivieron los involucrados y se despierta un miedo ancestral que nos hace querer mudarnos al pueblito más seguro y tranquilo del país, para que nuestros hijos adolescentes jamás tengan que experimentar nada de lo que ya es usual que suceda entre grupos de jóvenes cuando salen de fiesta.
Señalamos, criticamos y juzgamos el proceder de los grandes líderes de este planeta y de los líderes de universidades que no imparten la justicia que pensamos que deberían impartir. Nos volvemos jueces y verdugos de todo aquello que dista de nuestra comprensión fundamental como seres humanos, como el racismo aberrante de gobernantes o legisladores. Creemos que todo eso está muy lejos de nosotros y que construir esa mejor sociedad con la que sé que todos soñamos está absolutamente fuera de nuestras manos.
Nos lamentamos y sufrimos por aquello frente a lo que decimos que nada podemos hacer. Decimos que no estamos ciegos ante lo que sucede “allá afuera”, pero que no queda más que cuidarnos y hacer lo mejor que podamos.
Y así seguimos avanzando en la cotidianidad de nuestros días, relacionándonos con nuestras parejas e hijos, con el papá o la mamá de nuestros hijos, con nuestros colaboradores o jefes, vecinos o desconocidos. Sin preguntarnos qué parte de nuestras creencias, prejuicios y acciones —que parecen nimiedades— construye esta sociedad y este mundo que tanto criticamos.
Señalamos la guerra a miles de kilómetros de donde vivimos, pero somos incapaces de ver cómo le hacemos la guerra a diario al señor que se nos cruza sin miramientos en el tráfico de la Ciudad. Le hacemos la guerra a quienes alguna vez fueron nuestras parejas y hoy son el padre o la madre de nuestros hijos, porque “no se la voy a poner fácil”. Buscamos cómo sacar ventaja de los bienes que el tío recién fallecido dejó sin testamento, aunque eso implique romper lazos familiares.
Creemos que hablar mal, en la mesa familiar, de otras mujeres o de las niñas del colegio de nuestros hijos no contribuye en absoluto a crear esta sociedad que nos asusta. Y somos incapaces de poner un límite claro y amoroso a nuestros hijos de 11 años para que no tengan celular ni acceso a redes, porque “ya es lo normal en esta nueva generación”.
Nos da pánico hacernos conscientes de nuestras historias y heridas pasadas, esas que nos hacen seguir reaccionando ante todo y ante todos con la espada desenvainada, para defendernos ante la sola posibilidad de sentirnos atacados.
Nos duele el mundo que vemos. Lo discutimos en cada sobremesa, pero rara vez nos preguntamos cuánto de eso seguimos reproduciendo nosotros en nuestro día a día.
Nos quejamos de la falta de responsabilidad de los demás, pero somos extraordinariamente hábiles para explicar por qué, en nuestro caso, las circunstancias son diferentes. Siempre hay alguien más a quien mirar, a quien responsabilizar o, simplemente, a quien culpar.
La responsabilidad personal empieza cuando dejamos de utilizar el comportamiento de los demás como explicación suficiente para el nuestro.
La gran oportunidad que a menudo olvidamos es que, con nuestras acciones más pequeñas y cotidianas, efectivamente podemos contribuir a construir una mejor humanidad, aprendiendo a tratarnos a nosotros mismos con más amor, empatía y paciencia. Siempre he creído que no podemos dar lo que no tenemos, y eso se cultiva. Una mirada más compasiva hacia uno mismo permite una mirada más compasiva hacia el prójimo.
La responsabilidad personal es la pieza que lo mueve todo: reconocer nuestra parte en lo que sí está a nuestro alcance. Hay situaciones que no prevemos y circunstancias que no nos son atribuibles, pero siempre tenemos el poder de elegir quién queremos ser en cada momento, en cada situación.
Y para recordármelo y recordártelo, tengo una pregunta:
¿Quién eres cuando nadie te ve?
*Autora y creadora de El Yenga de la Vida®
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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