Por Claudia Pérez Atamoros
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Toda leyenda intelectual carga, tarde o temprano, con el peso de su propio personaje.

Hablar de Elena Poniatowska implica escribir sobre una figura casi intocable del canon intelectual mexicano y, al mismo tiempo, sobre una mujer profundamente atravesada por las contradicciones de clase, género, poder y época.

Desde siempre me ha intrigado el halo de pureza moral que la ha rodeado a lo largo de su transitar por la vida. La constante tensión entre la cronista de los de abajo y su origen aristocrático; entre la feminista de cepa y sus silencios incómodos en distintos momentos cruciales; entre la mujer brillante y ciertas estructuras patriarcales que -han escrito quienes la conocen- sobrevivieron incluso dentro de su matrimonio. También el choque entre memoria, prestigio cultural y verdad. Sus polémicos recuerdos a veces con un adorno casi barroco y otras, con huecos e hilaridad. Y dentro de este universo “poniatoskano”, la declaración en 2019, que dejó con la boca abierta a muchos, justo con la publicación de su novela “El amante polaco”. Cómo sobrellevó en silencio, durante décadas, haber tenido relaciones con Juan José Arreola, padre de su primogénito, relación no consensuada según la historia que ella misma terminó revelando .

Su verdad, la que cimbró a la intelectualidad iberoamericana. Y la otra versión, la de la familia del escritor que hizo públicas diversas correspondencias entre ambos y una que, particularmente, ha sido motivo de análisis no para defender a uno y atacar a otra sino para tratar de entender lo sucedido. 

Elena Poniatowska lleva tanto tiempo siendo símbolo de la conciencia cultural mexicana que pareciera imposible imaginarla fuera de ella: la cronista de los olvidados, la mujer sensible, la intelectual comprometida, la dama buena de las letras nacionales. Pero… pero hasta en las mentes más brillantes existen abismos, claroscuros, grietas, silencios…

Tal vez por eso la historia más brutal de su vida tardó tanto en encontrar palabras.

 En México Juan José Arreola se convirtió en un mito: mito del hombre brillante, culto, seductor, ingenioso, imprescindible. Mientras el país cultural aplaudía al genio, Poniatowska cargaba otra historia: una relación marcada por el silencio. Un embarazo. Un hijo. Una herida narrada siempre a medias, como si incluso el dolor tuviera que guardar modales, porque en ciertos círculos la discreción femenina era considerada una forma superior de elegancia. 

La Elena embarazada de 1955 le escribía desde París a Arreola, entre otras cuitas: “Juan José, escribeme una carta en el sentido que yo quiero que la escribas. (...) ¡… Entiende que yo te quiero en el verdadero sentido de la palabra, como una mujer debe querer a un hombre…! Que tú y yo estamos unidos para la vida entera con un lazo vivo y obvio para todo el mundo ¿que no te basta?...” (sic) 

En el país intelectual de entonces, los hombres podían tener amantes a destajo, desaparecer a placer, humillar a mujeres en público o embarazar alumnas… y aun así seguir siendo “bien recibidos y encantadores”. La palabra genio funcionaba demasiado bien y otorgaba la absolución social. Y eso también habla de una generación. De su generación y de sus atavismos.

Porque detrás de la periodista admirada también existe una mujer profundamente moldeada por las grietas de su tiempo: feminista criada en un mundo que enseñó a las mujeres a callar incluso cuando tenían una máquina de escribir enfrente. A tener vergüenza por haber tenido placer, o dejado convencer, o incluso por un abuso. Callar, callar…

 Las mujeres “modernas” del México intelectual no eran tan libres como parecían. Sí, fumaban, escribían columnas, usaban pantalones, discutían sobre literatura y política en sobremesas eternas, hasta entrevistaban guerrilleros… Pero al final de la noche seguían viviendo en un país donde el coqueteo masculino, y hasta abuso, era una travesura bohemia, y la mujer tenía la obligación de comprender y callar. Toda una generación que romantizó la crueldad emocional de los intelectuales, músicos, artistas. Una república del Arte donde todos podían ser devastadores, siempre y cuando fueran talentosos.

Y ahí aparece una de las mayores contradicciones de Poniatowska: pasó la vida escuchando las heridas de México mientras escondía la propia detrás de la cortesía, la ambigüedad y el prestigio cultural. Tal vez porque resulta más sencillo entrevistar el dolor ajeno que sentarse frente al propio. Sobre todo, cuando el propio amenaza con dinamitar los altares culturales donde se aprendió a coexistir. Tal vez porque las mujeres de su tiempo fueron educadas para soportarlo elegantemente. Para navegar con apariencia de ingenuidad. Para convertir la humillación en anécdota literaria. Para sobrevivir sin desordenar demasiado la mesa. 

En la misma misiva aludida, Elena enfrenta la situación acorde a la educación de la época. “Esta carta es muy clara y muy decisiva, y creo haber cubierto todos los puntos… Vés, para el niño es mejor que pueda decir, él mismo, “yo soy hijo de este señor, que representa esto y lo otro en México… (...)... y que sienta orgullo y que sienta felicidad, a que tú y yo nos dediquemos a la “pobre diablura”, a la vagancia aquí en Europa; es mejor que tú te consolides, totalmente como hombre de letras… (...)para que él cuando tenga diez años “solo siento orgullo y amor, y nada de tristeza jamás!... ¿Lo entiendes, eso, verdad Juan José?... Y después Papá y Mamá, lo aceptarán, si lo sabemos vivir con grandeza… porque Papá y Mamá saben tener clase, saben lo que es ayudar a alguien… A ellos jamás les impondré al niño… (...)” (sic)

 Sin embargo, reducirla únicamente a víctima sería tan insuficiente como convertirla en estatua moral. Porque también hubo silencios públicos, omisiones incómodas y zonas donde la figura de “la conciencia ética” de la intelectual mexicana parecía convivir demasiado bien con ciertas lógicas del poder cultural. Los hechos están consignados. Forman parte de su historia y de la historia literaria y periodística de este país.

 Ahí radica lo más interesante de Elena Poniatowska: la coexistencia de una mujer extraordinariamente lúcida para narrar el sufrimiento colectivo de México y, al mismo tiempo, profundamente moldeada por los privilegios y temores de su generación.

Capaz de escuchar a los demás con una sensibilidad excepcional, pero no siempre dispuesta —o quizá no siempre preparada— para romper del todo con las estructuras que también la lastimaron. Una mujer que encontró acomodo y lo supo cultivar.

 El problema nunca fue solamente Juan José Arreola. El problema era endémico: un país cultural que durante décadas protegió a sus hombres brillantes mientras enseñaba a las mujeres a administrar el dolor en voz baja, a costa de medias verdades y medias mentiras.

 Quizá eso sea lo verdaderamente perturbador de La Poniatowska, de “la hija de la Malinche” –como la llamó Margo Glantz-: que sea una mujer compleja, disímbola y llena de silencios; que detrás de la periodista, de la escritora, de la intelectual contradictoria sigue respirando una mujer de su tiempo. A destiempo.

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@perezata

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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