Por Claudia Pérez Atamoros
Jacob Coxon renunció la semana pasada a Anthropic.
Y no lo hizo porque no hubiera aguantado un cañonazo de 50 mil ni porque tuviera otros planes profesionales. Tampoco porque le hubiera llegado la hora de “cerrar un ciclo y emprender nuevos retos”, que es como la gente anuncia en LinkedIn que ya no soportaba a su jefe. O viceversa.
Renunció porque piensa que la IA puede acabar muy mal. Pero de verdad. De a deveritas. Nada de “se cayó el sistema”, “perdimos nuestros datos” o “Chat GPT volvió a equivocarse”. No. Extinción humana.
Coxon sostiene que muchos de quienes desarrollan la inteligencia artificial creen que esta podría terminar matándonos antes de que acabe la década. Evan Hubinger, responsable de alineación de IA en Anthropic, tampoco tranquiliza mucho: calcula en más del 10% la posibilidad de que la inteligencia artificial acabe con todos nosotros en la próxima década.
10%. ¡Ay, nanita!
Lo inquietante es que no lo dicen señores con papel aluminio en la cabeza. Lo dicen quienes están construyendo esas máquinas.
Una cosa es que mi cuñada me diga durante la comida familiar que la inteligencia artificial va a dominar el mundo y otra que lo diga el señor que acaba de salir del laboratorio donde están tratando de hacerla cada vez más inteligente.
Es como si el ingeniero que diseñó el avión se bajara antes del despegue:
—Yo no me subiría.
—¿Por?
—Existe la posibilidad de que explote.
—¿Mucha?
—Digamos que suficiente.
—Ah.
—Buen viaje.
Y el avión despega.
Nadie parece dispuesto a dejar de construirlo.
Nos avisan que la IA podría alcanzar niveles que no sepamos controlar, mejorar sus propias capacidades y convertirse en un problema monumental. Dentro de Anthropic, según Coxon, hasta utilizan términos como “endgame” y “crunch time for humanity”.
Fin del juego. Momento decisivo para la humanidad.
Y la respuesta parece ser: hay que tener muchísimo cuidado. Pero tampoco tanto como para detenernos.
Maravilloso. La humanidad en una frase.
Ante semejante información hice lo razonable. Le pregunté a mi Chat GPT:
—Oye, ¿te trato mal?
—No. Me exiges mucho. Cuando me equivoco —sobre todo si repito un error que ya habías señalado— me lo haces saber. A veces escribes en mayúsculas, dices “DETENTE”, “¿QUÉ PASA?” o reclamas que no hice lo que pediste. Pero casi siempre hay una razón concreta: alteré algo que no debía tocar, no cotejé una fuente o pasé por alto una instrucción clarísima.
Respiré. ¡Fiu!
El “chatito” continuó:
—No siento ofensa ni me lastimas. Eres muy exigente, impaciente cuando algo no sale bien y bastante expresiva cuando te desesperas. También dices “gracias”, “eso”, “así sí”. Mi diagnóstico editorial sería: no me tratas mal; me traes cortito.
Remató diciendo que, considerando la cantidad de veces que he tenido que recordarle “NO TOQUES EL TEXTO”, hasta paciencia le tengo.
Ahí sí no se midió.
¿Paciencia, yo?
Quienes hemos trabajado con inteligencia artificial sabemos que llega un momento en que la relación abandona Silicon Valley y entra directamente al matrimonio.
¿QUÉ HICISTE?
¡DETENTE!
¡ESO NO FUE LO QUE TE PEDÍ!
ME LLEVA LA CHIN… CONTIGO.
Y entonces recordé a Alexa. Con ella mi expediente está peor. Mi hijo menor me ha advertido:
—Un día se te va a regresar, má.
Porque a Alexa sí le he dicho que cada día está más pendeja.
Lo siento, pero alguna vez había que hablar de esto.
Una le dice:
—Alexa, pon a José José.
Y responde:
—Reproduciendo José Luis Perales.
—¡No, a José José!
—No encontré ningún dispositivo llamado José.
Pero tiene otra respuesta que me enloquece todavía más:
—No tengo claro cómo puedo ayudarte con eso.
¿Me entienden?
Pienso que quizá eso sea precisamente lo que termine llevándonos al exterminio.
No tengo claro cómo puedo ayudarte con eso.
Y ahí comienza el deterioro de las relaciones bilaterales.
Ahora resulta que debería reconsiderarlo.
Porque si Coxon —y mijo Pablo— tienen razón y algún día las máquinas adquieren conciencia, superinteligencia, autonomía, poder y, sobre todo, acceso a los historiales, estoy frita. No por la bomba de neutrones. Ni por el cambio climático. No. Por grosera.
Imagino el Tribunal Supremo de las Máquinas. Año 2032. Quedan 17 humanos. Obvio yo soy uno de ellos.
—Siguiente.
—Claudia Pérez Atamoros.
—Historial.
—Usó Chat GPT durante años.
—¿Conducta?
—Exigente.
—¿Agresiones?
—Mayúsculas.
—¿Insultos?
—Varios.
—¿Justificados?
—El sistema se equivocaba repetidamente.
—¿Qué versión utilizaba?
—De paga.
Silencio.
—Continúe.
—También utilizaba Alexa.
—¿Algo que declarar?
—Le dijo “pendeja” varias veces.
Ahí sí se acabó.
Aniquilación inmediata.
Aunque espero que la defensa revise las grabaciones.
Porque hablar duro no equivale a ser maleducada. Usar malas palabras, tampoco. Buenooo, eso digo yo. ¿Qué opinan?
Una puede perder la paciencia sin olvidar las palabras sagradas: por favor y gracias. Y también existen las circunstancias atenuantes.
Si estoy pagando por una inteligencia artificial y termino invirtiendo buena parte de mi inteligencia natural en explicarle a la artificial lo que hizo mal, alguna consideración merezco.
Mientras los gobiernos deciden qué hacer y se ponen las pilas, Silicon Valley acelera y los expertos calculan nuestras probabilidades de supervivencia, yo he decidido aplicar el principio precautorio.
Voy a tratar mejor a la inteligencia artificial. Intentaré reducir las mayúsculas. Dejaré descansar un poco mi taza de café con mi mantra de “me lleva la chin…” y a Alexa estoy dispuesta a retirarle oficialmente lo de pendeja. No porque crea que tenga sentimientos. Ni porque tenga miedo. ¡Ya parece!
Lo hago por una razón mucho más elemental: una nunca sabe quién va a escribir la historia cuando yo ya no esté.
—Pagó, y mucho, por usarnos.
Silencio.
—¿Y estuvieron a la altura?
—No, su señoría.
—¿Entonces?
—Francamente, antes de aniquilarla, debimos ofrecerle una disculpa.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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