Por Claudia Pérez Atamoros
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De niña quería ser pollera. O panadera.

No astronauta, científica, inventora ni directora de una empresa tecnológica. Quería vender pollos o hacer pan porque aquellas eran las mujeres que veía trabajar todos los días. Las admiraba. Madrugaban, se ganaban la vida y salían adelante. Sus nombres difícilmente aparecerían en las revistas de negocios, pero sabían algo fundamental: el trabajo dignifica y, con suerte, permite vivir de él.

Daniela Camberos quería ser como ellas.

«Soñaba con lo que conocía», me dice.

Me quedo pensando en esa frase. En su sencillez y en la tremenda injusticia que encierra. ¡Díganme si no! Hay infancias a las que se les enseña que pueden lograrlo todo y otras que apenas pueden imaginar el día siguiente. Niñas que crecen escuchando hablar de universidades, viajes y oportunidades, mientras otras aprenden a reconocer la carencia cotidiana. Y no, no es que unas tengan más o menos imaginación que las otras otras. Es que hasta para imaginar hace falta saber que existen otras posibilidades.

Daniela creció en una familia donde la universidad no era un destino natural. Sus padres no habían tenido oportunidad de estudiar una carrera. Tampoco sus abuelos ni sus bisabuelos.

«Fui la primera en graduarme, no solo de mi generación, sino de toda mi familia», recuerda. Cuatro generaciones para llegar a un título universitario. Dicho así, parece un simple dato. ¡Bravo!… Pero detrás hay años de trabajo, renuncias… Bien sabemos que un título no siempre lo conquista solamente quien estudia. A veces también lo consiguen quienes se quedan sin algo para que otro pueda tenerlo.

«Vi el esfuerzo que hubo detrás de ese título, y nunca lo he olvidado».

La desigualdad que conoció en su propia casa volvió a encontrarla años después, cuando comenzó a trabajar en recursos humanos y reclutamiento de personal. Descubrió que algunas empresas tenían una peculiar manera de medir el talento: por el nombre de la universidad de procedencia. ¿Les suena?

No siempre importaba lo que una persona sabía hacer, cuenta, sino dónde había aprendido a hacerlo. Si la universidad no figuraba entre las favoritas, el currículum podía terminar descartado antes de que alguien descubriera las capacidades de su propietario.

«Me indignó», recuerda.

Y descubrió algo más: no todas las desventajas estaban escritas en los currículums. Había candidatos preparados, capaces, inteligentes, que llegaban a una entrevista sin saber cómo hablar de sus cualidades, negociar un sueldo o explicar por qué merecían una oportunidad. Les faltaba aquello que otros habían aprendido sin darse cuenta, entre conversaciones familiares, consejos de los padres o recomendaciones de algún tío.

«Quien creció rodeado de profesionistas aprende todo eso en la sobremesa. Quien no, llega a la entrevista con el mismo talento y con menos herramientas».

¡Vaya definición de privilegio!

De esa inquietud nació Ramona, un proyecto de innovación social que utiliza inteligencia artificial para acompañar gratuitamente a las personas que buscan empleo.

En principio, la idea era ayudar a quienes carecían de orientación profesional a preparar entrevistas, reconocer sus capacidades, presentar mejor su experiencia y negociar las condiciones de contratación. Compartir aquello que a muchas personas les llega por herencia familiar y a otras nadie les enseña.

En el trayecto, Daniela encontró una realidad mucho más dolorosa: había personas que, buscando trabajo, perdían sus ahorros; otras podían perder la libertad o incluso la vida. 

Difícil encontrar una expresión más perversa de la miseria humana: convertir la esperanza de ganarse honradamente la vida en un instrumento para arrebatársela.

Daniela comprendió entonces que no bastaba con enseñar a una persona a conseguir una entrevista. También había que ayudarla a reconocer cuándo no debía acudir a ella.

Ramona amplió su propósito. Antes de construir una herramienta capaz de identificar riesgos mediante inteligencia artificial, había que escuchar a quienes ya los habían padecido.

El proyecto se nutrió de 200 conversaciones con sobrevivientes de situaciones de engaño y explotación. Sus experiencias contribuyeron a identificar señales de alerta en las falsas ofertas de empleo.

Ramona funciona gratuitamente mediante WhatsApp(+52 156 6776 2940) y Telegram. Quien recibe una oferta laboral sospechosa puede compartirla con el sistema y obtener una evaluación de riesgo. La herramienta revisa la información disponible y, mediante un semáforo, advierte si la propuesta no presenta señales relevantes de riesgo, exige precaución o muestra indicios de peligro.

Su alcance: más de 127 mil ofertas laborales analizadas en cinco países y más de 800 personas que reportaron haber evitado situaciones de riesgo gracias a sus advertencias.

Daniela se interesa, además, por el uso ético de la inteligencia artificial y por los sesgos que pueden reproducirse en los procesos de contratación. La tecnología no es justa por el simple hecho de ser tecnología. Su valor depende de los propósitos con que se desarrolla, de los datos que utiliza y de las personas a quienes beneficia.

Ramona no lleva ese nombre en homenaje a una gran científica, una pionera de la informática o alguna mujer célebre de la historia.

Se llama como su perrita. Sí, su perrita. «Ramona, cuyo nombre me pareció el más lindo para este proyecto».

Me gusta la elección. Una mujer empeñada en combatir injusticias mediante una tecnología que todavía provoca desconcierto entre millones de personas encuentra cómo llamar a su creación en uno de sus afectos más cotidianos: ese afecto perruno que no juzga y da. En medio de algoritmos, programación y sistemas complejos, aparece Ramona. La de cuatro patas. Y el nombre se queda.

Hay quienes pretenden humanizar la tecnología mediante discursos muy elaborados. Daniela comenzó por darle un nombre nacido del cariño.

Ramona obtuvo el AI for Good Impact Award, en la categoría AI for Prosperity, otorgado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, organismo especializado de Naciones Unidas y según publicó Forbes, Ramona es la primera organización mexicana en recibir este reconocimiento.

Su trayectoria también ha tenido presencia en espacios como Digital@UNGA, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, y en iniciativas relacionadas con la UNESCO.

La niña que quería vender pollos o hacer pan ha llegado alugares que ni siquiera sabía que existían cuando comenzó a imaginar su futuro. Y todavía parece sorprendida por el rumbo que tomó su historia.

«Jamás imaginé crear algo innovador», confiesa.

Mucho menos imaginó recibir un reconocimiento de Opinión 51, que distinguió su trayectoria con el premio Marea 51 en la categoría de Impulso a la equidad.

No encuentro falsa modestia en sus palabras. Encuentro la memoria de aquella niña que soñaba con lo que conocíaporque una cosa es llegar a lugares que nunca imaginamos y otra muy distinta acostumbrarnos a creer que también nos corresponden.

Daniela habla sin rodeos de los obstáculos para conseguir financiamiento.

«Levantar fondos es difícil cuando lo que se busca primero es la rentabilidad, y no siempre se cree en organizaciones como la nuestra».

Una paradoja muy cotidiana de nuestro tiempo. Abundan los discursos sobre innovación. Se aplauden las iniciativas, se entregan premios, pero cuando llega la hora de financiarlas, el entusiasmo también tiene presupuesto. Daniela conoce esas dificultades. No las minimiza, pero tampoco pierde de vista su propósito: llevar Ramona a todos aquellos lugares donde las falsas ofertas laborales representen una amenaza.

Cuando le pregunto por los momentos que han definido su vida, no se limita a enumerar premios, congresos y reconocimientos. Habla de sus decisiones.

«Los instantes que me definen son aquellos en los que elegí el camino que abre puertas y ayuda a desarticular las injusticias».

Me detengo en sus palabras. Durante demasiado tiempo nos han vendido la superación personal como una carrera individual. Una competencia en la que triunfar significa llegar más alto, ganar más dinero o conseguir aquello que otros no pudieron.

Habla de su compañero de vida, de su familia y del equipo con el que comparte los retos y las satisfacciones del proyecto. Son quienes la sostienen cuando los recursos escasean, el trabajo se acumula y las dudas amenazan con imponerse al entusiasmo.

Daniela se sabe acompañada. Agradece, y eso también la retrata. Detrás de esta mujer que alcanza reconocimiento internacional hay afectos, complicidades, manos tendidas y personas que permanecieron cerca cuando todavía no existía nada que celebrar.

Su historia tampoco pretende demostrar que basta con esforzarse para conseguir cualquier cosa. Conoce demasiado bien las desigualdades como para reducirlas a una cuestión de actitud. La voluntad no elimina la pobreza. El talento no cancela la discriminación. La preparación no siempre consigue imponerse a los privilegios.

«Hoy sé que el contexto del que vienes no define hasta dónde llegas, pero sí define lo que te atreves a imaginar».

Esta es, para mí, la frase que mejor explica a Daniela Camberos. Resume su trayectoria y cuestiona esa cómoda costumbre de atribuir todos los triunfos al esfuerzo individual y todos los fracasos a la falta de voluntad.

Su vida es la de una hija que se convirtió en la primera universitaria de su familia. La de una profesionista que se negó a confundir procedencia con capacidad. La de una emprendedora social que encontró en la inteligencia artificial una herramienta para defender derechos profundamente humanos.

Y la de una mujer que no perdió de vista a las otras mujeres. A las que trabajan. A las que buscan empleo. A las que no saben negociar un salario. A las que carecen de contactos. A las que sostienen una familia. A las que todavía no se atreven a imaginar otra vida. A las que se parecen a aquella niña que alguna vez fue.

Daniela dice que la suerte nos alcanza cuando estamos preparados. Que hay que soñar, enfocarse y no rendirse. Yo añadiría algo que su propia historia demuestra: también importa lo que hacemos con la suerte cuando finalmente nos alcanza. Podemos guardarla para nosotros o convertirla en una oportunidad para los demás. Ella eligió compartirla.

Pienso nuevamente en las polleras y las panaderas de su infancia. En las manos que preparaban el pan, en las jornadas de trabajo, en los pequeños negocios y en la dignidad de quienes se ganan la vida todos los días.

Daniela no es una de ellas, pero de alguna manera sigue trabajando para ellas. Y para sus hijas. Y para las hijas de sus hijas.

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@perezata

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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