Por Consuelo Sáizar de la Fuente
¿Hay algo de la infancia que permanezca en la memoria? Si tuviera que elegir, sería el del pan recién horneado, o el sabor del pan de caja mexicano.
En la década de los sesenta, al abrir los ojos, siempre pensaba que alguien había encendido un horno antes de que amaneciera, para preparar el pan.
Eso pensaba mientras jugaba a media cuadra de la panadería de la familia Rodríguez. Muchas tardes llegaba a ese sitio cuando el trabajo ya estaba hecho: lo que encontraba era el polvo de harina posado sobre las mesas, los costales, las palas; el olor de la mantequilla; las charolas con lo que había sobrevivido al día.
En mi pequeño pueblo, los oficios se heredan, o se heredaban como los apellidos. El hijo del panadero continuaría con su oficio. Los hijos de quien vendía pollo aprendían a cortar las piezas antes que a leer. El herrero, el talabartero, el impresor: cada casa tenía un ruido propio, un olor y sus herederos. Yo continué con el oficio de la impresión, pero muchas tardes, me asomé a casas ajenas para mirar lo desconocido.
Décadas después me ocupé de conservar cosas. Códices, murales, bibliotecas. Aprendí que conservar, en ese mundo, significa apartar: vitrina, temperatura controlada, un guardia que pide distancia, un inventario donde cada pieza tiene un número. Se protege lo que se saca del uso. Así se cuida casi todo lo que llamamos patrimonio.
El pan, he aprendido con el tiempo, también es un patrimonio, pero su cuidado es inverso.
Es uno de los objetos culturales más antiguo que seguimos fabricando. Hay restos de hace catorce mil cuatrocientos años: preparaciones planas, hechas con cereales silvestres, cocidas al fuego por gente que todavía no sembraba.
Desde entonces, cada día, alguien en algún lugar ha repetido el gesto. Ninguna de esas piezas fue guardada. Todas fueron comidas. Y el pan está aquí. Su materia principal, el trigo, es el segundo cereal más consumido del mundo después del maíz. Su fórmula cabe en una línea: —harina, agua, levadura, sal; y su gramática en cuatro verbos: amasar, bolear, fermentar, hornear.
Pocas tradiciones son tan transparentes sobre su proceso. Cualquiera puede hacerlo y nadie lo hace igual. La diferencia entre una fórmula y una tradición es esa: la fórmula se copia; la tradición se interpreta. En la imprenta lo supe con exactitud. Un mismo pliego, una misma plancha, y cada tiraje sale con su temperatura, su tinta, su error. Cada hornada es una edición.
Y pocas tradiciones han evolucionado como el pan.
Al mudar de ciudad, incorporé a mis días el comprar pan de caja: un sabor que completaba de distintas formas. La primera vez que pasé una estancia larga en el extranjero, me sorprendí soñando con un camión de reparto al lado de mi casa de Acaponeta: me acerqué a tomar un pequeño paquete, pero desperté y añoré intensamente no solo ese pequeño cuadro blanco, sino a mi país entero.
Hay una tentación de volver símbolo al pan, de cargarlo con teologías y metáforas. Para mí, en el centro de una mesa, convoca.
En México acompaña el frijol, la sopa, el café; se parte con las manos; se compra de camino a casa contando a los que van a estar y sumando una pieza por si alguien llega.
O, como yo, compra un pequeño paquete para el desayuno, para la comida, para la cena, así me siento sola a la mesa, o felizmente acompañada.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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