Por Edmée Pardo

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Camino junto al mar, sobre una costa anaranjada que marca el límite entre el agua y el desierto.  Apenas hay espacio para que dos personas quepan entre los escarpes de arena erosionados por la marea y el oleaje. La naturaleza está en pleno en esta playa inmensa libre del camastro, del hotel y vendedores.  Me sorprende la anchura del paisaje, los cardones que se erigen dando el único tono de verde; me llama la cantidad de conchas amontonadas unas sobre otras.  Miradas desde arriba parecen rayas inscritas en la arena: una línea blanca, un borde rosado, una curva que la espuma descubre y vuelve a tapar. Me agacho para mirarlas de cerca y sentirlas entre las manos: en las texturas encuentro un diseño hecho de espirales, pliegues, labios. Hay algo escrito aquí, pienso, y me animo a buscar el lenguaje que la naturaleza marina escribió en esos cuerpos bellísimos y frágiles.  

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.