Por Patricia Conde Juaristi
La debilidad me impide incorporarme de la cama. Una vez que empiezo a toser, el agotamiento me vence. Mis ojos están hinchados y todo a mi alrededor se convierte en una mancha borrosa.
Haciendo un gran esfuerzo, consigo sentarme. Un pensamiento recurrente me atormenta: ¿me sabré morir?
Desde que me conectaron al oxígeno todo me cuesta mucho trabajo, menos respirar.
Cierro los ojos un momento para olvidar y concentrarme un poco en los ruidos de la casa, esa casa que se ha convertido en un lugar desconocido. Por mi inmovilidad, hay espacios que he dejado de visitar. La sala es un lugar en el que solo habitan el librero y el piano. Mi recuerdo reproduce imágenes y sensaciones de otros tiempos, aquellos en los que nos sentábamos a tomar un buen vino, a comer quesos olorosos, entre las ruidosas carcajadas de los invitados.
Recorro con una mirada ciega los sillones, los libros, los cuadros y los adornos que han estado ahí siempre. ¡Quedan tan lejos!
Oigo el caer de las gotas de agua de la fuente y me tranquilizo un poco.
Estoy sola. Todos se han ido. Ojalá, los que se fueron, lleguen más tarde y me ayuden a peinarme frente al espejo.
Cuando me siento tan sola, abro la maleta, esa que me heredó mi madre porque yo se la pedí. Está llena de fotografías. Miles de historias, de momentos inalterables, eternos. Están divididas en pequeños paquetes, sin ninguna relación entre sí, simplemente por tamaño. Con paciencia, saco uno de los paquetes y me entrego a la extraordinaria aventura de volver a vivir el pasado, incluso el de personajes de los que sólo oí hablar.
De pronto, mi mirada se detiene ante algo inaudito. ¡Qué foto tan triste acabo de ver! Un oso tocando el arpa, sentado en una silla sobre la nieve. El oso tañe sin expresión, con indiferencia, las cuerdas del arpa. Imagino sonidos suaves, apenas perceptibles. Quizá es solo el oso quien escucha la música inventada para acompañar su mirada lejana y solitaria. Pienso: ¿tendrá frío? Sus patas se hunden hasta la pantorrilla en una nieve suave, nueva. La silla está enterrada, dejando el respaldo a la vista. El oso está de lado. No tiene ninguna expresión. Vuelvo a pensar: ¿los animales no tienen expresión? ¿Cómo comunican sus emociones? ¿No las tienen? ¿Me parezco yo a ese oso?
Yo estoy quieta ahora mismo. Cierro los ojos y me adentro en mis emociones y sentimientos. En mis recuerdos. Pongo especial atención en lo que percibo en el alma, en el corazón. Dejo fuera las palabras conocidas y permito que las palabras inusuales tomen su lugar.
No. No siento absolutamente nada, salvo una extraordinaria tristeza, tan dulce, tan cálida. Me invita, me pide que vaya con ella, que deje todo atrás y me arrebuje con ella en una cama y cierre los ojos. Insisto en las palabras, pero no salen. No hay palabras en este pensamiento. ¡Ah! Es eso: un pensamiento. ¿Cómo son los pensamientos? ¿Hay emoción en ellos? Bueno, admito que hay desasosiego. Pero por nada claro ni específico. Es una conmoción que se instala en mi cuerpo y, sobre todo, en el alma. ¿Alma? ¿El oso tiene alma?
Mi primer impulso es el de guardar la foto. Me hiere. La dejo entre las hojas de un libro que no pienso leer. Pongo el libro sobre una mesilla y lo observo lentamente, con mucho cuidado, incluso con dulzura, entendiendo por fin los dolores callados y asumidos, hasta olvidados. Porque los recuerdos se borran; solo queda una impronta en la piel. Poco a poco, las heridas van haciendo caminos interminables y sin destino preciso.
El oso sigue moviendo suavemente las cuerdas del arpa. Empiezo a escuchar algunos sonidos. Es un vals y lo bailo. Mi vestido es largo, de seda. Un hombre desconocido me toma de la cintura y damos vueltas en un hermoso salón. Las luces apenas iluminan nuestros pasos. Estamos solos y parece que la música sale de nuestros recuerdos. El oso sigue tocando. Yo ya no me acuerdo de nada. No tengo recuerdos claros. Han quedado así, como cicatrices. No duelen. He olvidado todo. Me sorprende una nevada fresca, nueva. La silla se hunde y el arpa sueña mientras toco.
El dolor se ha ido yendo hasta dejar solo un hueco, pero ese hueco es profundo. Me siento a pensar. He estado aquí por años. Cuando era niña me sentaba a soñar; ahora me siento a extrañar. Trato de recobrar situaciones, momentos, gestos, abrazos. Cierro los ojos con fuerza y miro hacia adentro. Veo un vacío. Siento un vacío. ¿Por qué me duele, entonces? No. No me duele. No tengo recuerdos. No los tengo. Mis piernas se van hundiendo cada vez más en la nieve fresca y toco en el arpa las nostálgicas notas de mi pasado.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()