Por Patricia Conde Juaristi

Sabe que Feliciano murió. Lo supo esta mañana porque no cantó el gallo.

Sus ojos amanecieron húmedos y extraños. Una imagen tras otra se acercaba a reclamar el sitio que el tiempo había enmohecido y que la frescura de la muerte arrancó con indiferencia.

Súbitamente, lo recordó en el zócalo de Tlaxiaco. La infidelidad de la memoria embelleció la voz de Feliciano, esa voz que fue sólo suya, que no había salido de su garganta sino para hablar con ella, una voz que no le permitió amar a nadie más.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.