Por Marcela A. Vázquez Coronado*
Durante más de tres décadas he trabajado en el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas de salud y perspectiva de género desde diversos espacios: el Gobierno Federal, el Poder Legislativo, la academia, la Banca de Desarrollo y la consultoría nacional e internacional. Pareciera que alguien con una trayectoria como la mía tendría la información suficiente no solo para entender la operación y las decisiones del Sistema Nacional de Salud, sino para comprender perfectamente cómo funciona su propio cuerpo, cómo cuidarlo y qué hacer ante cualquier enfermedad.
Sin embargo, al enfrentarme a los primeros retos de la perimenopausia, me di cuenta de que sabía muy poco sobre cómo funcionaba mi organismo en esta etapa transitoria y trascendental. Esto coincidió, hace cinco años, con el inicio de un profundo proyecto de investigación sobre la salud femenina y la menopausia impulsado desde la Fundación Mexicana para la Salud. Fue en ese momento cuando se me cayó la venda de los ojos al comprender, con absoluta claridad, que el camino hacia el fin de la producción hormonal femenina no es solo un tema de bochornos o la ausencia de la regla: afecta a cada tejido, a cada hueso, a cada neurotransmisor y a cada rincón de nuestro organismo. Y esto, sin duda, impacta directamente en cómo nos relacionamos, en nuestra capacidad para trabajar y ser productivas y en prácticamente todas las áreas de nuestra vida.