Por Patricia Conde Juaristi
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La noche llegó como siempre. Dejé mis libros a un lado, sobre la mesita. Tomé mis pastillas para dormir. Era temprano. Siempre era temprano. Temía tanto al insomnio que me metía en la cama a las ocho para obligar a mi cuerpo a descansar. La experiencia me había enseñado la inutilidad del ritual, sin embargo, la esperanza era más fuerte.

Apagué la luz. Un rayo de luna se colaba por debajo de las gruesas cortinas y unas figuras pequeñísimas danzaban en él. Su ritmo era cadencioso y dulce. Me arrullaron y quizá dormí un poco. Sin tomar cuenta del tiempo, creí despertar. En la duermevela, noté la continuidad de la noche. El sueño se alejó de repente.

 Decidí levantarme e ir a mi estudio a revisar mi trabajo; aquél que inicié como un diario en el que anotaba mis pensamientos, los actos cotidianos que me otorgaban certeza. Por la hora, pensé que sería un buen momento para ser fiel a mis memorias. Abrí mi computadora y llamé el archivo donde las guardo. No tenía una idea concreta de cómo iniciar mi relato. No me había ocurrido gran cosa desde el día anterior. 

Puse una hoja en blanco. No tenía ningún recuerdo. Creí que mi existencia se había terminado sin darme cuenta. Por eso me animé a regresar el diario unas cuantas cuartillas y releer para recordar. Apreté el botón indicado. Esperé. Unos segundos después, apareció en la pantalla un relato en el que no reconocí los hechos descritos. Era evidente que había empezado a olvidar mi vida.

En ese momento, sentí una especie de incorporeidad que no me era desconocida. Esta sensación se acompañaba siempre de un sinfín de piquetes en mis poros y un frío desconcertante en la nuca. La noche se estaba acabando. Una luz tenue anunciaba su fin. La soledad se convirtió en ruidos y trajines de calle y gente que caminaba por la acera. La prisa de los padres acarreando a los niños al colegio y los frenos de los camiones que se detenían a recoger pasaje en la esquina. Todo era lejano y ocurría en otra parte.

Un cansancio inhabitual se apoderó de mí. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía sueño sin tomar somníferos. Al intentar levantarme de mi asiento, noté que una fuerza me detenía y me obligaba a continuar sentada. Di instrucciones a mi computadora para que se apagara, pero la pantalla de la computadora seguía encendida. Los párpados pesados se cerraron a mi pesar.

Entré, sin preámbulos, en un sueño absoluto donde el principal habitante era lo oscuro, lo húmedo; como un pequeño vientre en el que yo me entregaba a movimientos acuáticos sin que mediara el agua. Distantes, unas voces apaciguadas discutían. Eran un hombre y una mujer. No podía distinguir el tono ni las palabras concretas, pero el murmullo me perturbaba. Mi piel respondía con una crispación a los argumentos dirimidos por aquéllos que hablaban ajenos a mí. La oscuridad de aquella especie de pozo se hizo más densa y un desmayo insoportable se adueñó de mi cuerpo.

Apreté los ojos esperando un gran dolor que no llegó, sólo fue el cambio a una luz tenue en una habitación con paredes blancas, grandes puertas cuyas maderas estaban trabajadas en octágonos. Todas las puertas permanecían cerradas y unas llaves antiguas pendían de los cerrojos blancos de porcelana. Eran cuatro, todas iguales. Por un momento creí que estaba decidiendo cuál abrir, sin embargo, siempre supe que era la de la derecha la que abriría y así lo hice.

Entré en una habitación llena de fotografías, retratos y pinturas de vírgenes y santos que adornaban paredes y muebles. Sobre una mesa que servía de escritorio, unas flores marchitas en un pequeño florero de cristal acompañaban a la niña que escribía con letra cuidada en un cuaderno de pastas de cartón azul. Me acerqué. Ella no sintió mi presencia o la ignoró. Siguió escribiendo. Su lápiz tenía la punta recién afilada. Las hojas del cuaderno se doblaban ante el peso del carbón que contenían.

Dejé de mirar el cuaderno y posé mis ojos en la niña. Mi alma la reconoció pero no supo darle nombre. Su gesto era grave, impropio de una criatura de su edad. Sentí compasión y quise acariciarla. Cuando mi mano tocó su cabeza, ésta se trocó en la de un hombre joven, moreno, que me miraba con enojo, sus reproches salían sin control de una boca siempre abierta, amoratada. Tapé mis oídos para no lastimar mi espíritu y retrocedí para alejarme.

 Una música ligera, apenas perceptible, se metió a mis tímpanos. Era una canción que yo me sabía. Antes. Mucho antes. Salí de ese cuarto, donde todo ya había desaparecido. Cerré la puerta y encontré un pasillo. Inicié mi caminar por él y conforme avanzaba, el pasillo se estrechaba y sólo cabía mi cuerpo con los brazos inmovilizados a los lados de mi cuerpo; los pasos debían ser cortos y precisos.

El pasillo se acabó abruptamente. Más allá sólo divisaba un arenal donde un letrero advertía el peligro inminente de hundimiento. A sendos lados unas esculturas bicéfalas me cercaban. Recordé que todo era un sueño. Di las órdenes precisas a mi cerebro para borrarlo, pero una vez más, éste se negó a obedecer y entonces supe que sólo debía mantenerme quieta.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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