Por Mariana Conde*
Elegantísima, salí de una cita en cierta oficina editorial sintiéndome muy satisfecha por el contacto que acababa de lograr. Abrí mi app para pedir un Uber a casa de una amiga que me había invitado a comer. Como la app tardaba, pedí en paralelo un Didi con el mismo nulo resultado. Sin reparar en que el sol ya no brillaba a las dos de la tarde, me encaminé a la salida y pregunté al guardia de la puerta –enfundado en impermeable amarillo– por un sitio, a lo que respondió que no había uno cerca pero que bastaba con llegar a la esquina del eje, ahí, a una cuadrita, para encontrarme en el paso de los taxis.
Seguí sus instrucciones y pronto llegué a una de las vías más concurridas de esta loca ciudad. Agradecí que no hubiera este día partido del mundial y pensé con pena ajena a qué se estarían enfrentando los visitantes: nuestro pobre e intimidante sistema de transporte público, calles llenas de baches, señalización confusa, ausencia de una sola banqueta entera. Todo esto en temporada de lluvias.
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