Por Cynthia Ramírez González, invitada Zoe

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De profesión, cirujana dentista, egresada de la UNAM. Una MUSA más con una historia que contar.

Mi historia de vida es esta: nací un 19 de febrero de 1971, la tercera de cuatro hermanos (3 mujeres y 1 hombre). Desde mi gestación hubo muchos problemas de salud. Mi mamá hizo reacción a mi desarrollo in útero. Tiempo después, pero mucho tiempo después, sabría que todos los problemas que tuvo durante su embarazo eran porque hizo una “reacción lúpica”.

Durante mi desarrollo siempre padecí dolores intensos de cabeza, los cuales atribuían a mi desarrollo, a mis nervios, a miles de cosas. Pasé por todos los tratamientos habidos y por haber y así pasaron muchos años. Incluso, estudiando la carrera, hubo una fuga de radiaciones y nos hicieron estudios a todos los estudiantes. Recuerdo que mi maestra de histopatología me dijo: “Doctora, es necesario que se haga estudios más a fondo, algo no está bien”.

Fui al doctor y aparentemente todo estaba en orden, menos mis dolores de cabeza, esos cada vez más intensos. Mis profesores solo veían cómo tomaba las pastillas para el dolor de cabeza como si fueran dulces. Aun así, concluí la carrera.

Hice trámites para ingresar al sector salud, lo cual ya no fue posible debido a que me dio un infarto cerebral (el diagnóstico: síndrome antifosfolípido secundario a lupus), dejándome imposibilitada para hablar y caminar. A base de terapia recuperé la movilidad y el habla. Esto no iba a ser más fuerte que yo. Tenía que salir adelante y recuperar mi vida. Me era muy doloroso ver a mi familia estresada, sin dormir por estar pendiente de mí. Y salí adelante, me casé, me embaracé, mi hijo nació de 6 meses y medio con un pronóstico de vida nada favorable para ninguno de los dos. Actualmente, mi hijo es profesionista, va por la segunda carrera. Todo este preámbulo de mi historia antes del cáncer de mama es porque, si había salido de una, volvería a salir de esto otro.

Ahora sí, mi historia con el cáncer. Era noviembre de 2018 cuando me encontraba laborando en una clínica. Estaba trabajando como loca y no tenía tiempo para mí. Corría del consultorio a la clínica, era un trabajo de lunes a sábado y los domingos los empleaba en hacer cosas en casa. Empecé a bajar de peso de manera sorprendente y pensé que era por el estrés de andar corriendo de un lado a otro. Y empezaron a pasar cosas en la clínica, como que no nos pagaban a tiempo ni completo. Y decidí ya no regalar mi tiempo y dejar la clínica.

Un domingo, ya completamente relajada, al estar bañándome me di cuenta de que algo no andaba bien con mis senos y fue cuando recurrí a una amiga y por ella llegué a Oncomama. Recuerdo el regaño que me dieron: “Doctora, esto es muy malo, ¿por qué se descuidó?”. Me habían hecho estudios en enero de ese año y me habían dicho: “Nos vemos en enero del próximo año, solo reportan fibrosis”. ¿Y cuál? Para noviembre esas fibrosis ya no eran pequeñas, había un tumor en mi seno izquierdo.

¿Cuál era el paso a seguir? Mi hermana, mi esposo y mi hijo fueron conmigo a recoger resultados. Ellos estaban muy consternados, angustiados. El doctor dijo: “Es una cirugía donde se va a quitar el seno, radioterapia, quimioterapia y, en un año, esta prueba superada”.

Para enero de 2019, antes de la pandemia, ya me estaban interviniendo. Por mis antecedentes del síndrome antifosfolípido secundario al LES, estoy anticoagulada y lo que me mantiene estable son corticosteroides, por lo cual no era posible la radioterapia ni la quimioterapia. ¿Entonces? Terapia hormonal.

Y nuevamente esto no iba a ser más fuerte que yo. Me dijeron: “Ya no puedes hacer mucho esfuerzo, no te expongas debido a tus bajas defensas, no cargues más de 2 kg”. Y, ¿saben? Creo que lo que más nos prohíben, más lo hacemos, solo para demostrar que seguimos vivas, fuertes y adelante.

Y que hasta parecería que vivimos con el mismo lema de otra asociación: “Un día a la vez”. Un día más de vida, un día más de apoyar y ayudar a quien nos necesita y demostrando que no estamos condenadas a morir, que mientras hay tratamiento y ganas de vivir podemos superarlo.

Ya son 5 años de estar en tratamiento, estoy en revisión periódica. Podríamos decir que entré en remisión. Encontré un lugar donde, aparte de coincidir con mujeres en la misma situación, encontré a mis hermanas de vida: COMUNIDAD MUSAS.

Todas, de alguna forma, hemos pasado por situaciones difíciles. Todas tenemos diferentes experiencias, diferentes historias, pero lo que sí tenemos en común es que somos mujeres que jamás se rinden, que sí podemos, ayudamos y siempre estamos para dar una palabra de aliento y demostrar que la palabra cáncer no es una sentencia de muerte. Seguimos adelante y juntas somos un desastre. SOMOS MUJERES QUE ANTE LAS ADVERSIDADES SIEMPRE ESTAMOS PARA DAR UNA MANO. Y LO MEJOR, NO DEJARNOS CAER EN DEPRESIÓN. Si algo me queda claro es que la actitud con la que tomamos el diagnóstico tiene que ver con salir adelante. Yo siempre digo: la mente y la boca son muy poderosas, y si me dejo caer es lo que voy a atraer. Por eso, arriba corazones, arriba ese ánimo. Si ya salimos de una, de dos podemos con cualquier cosa que se nos presente.

Reímos juntas, nos apoyamos juntas. Hemos hecho una hermandad donde solo nosotras sabemos los caminos que hemos pasado para estar aquí.

Dicen que por algo pasan las cosas, y así fue. Por esta situación llegué a MUSAS y conocí a mujeres excepcionales, cada una con sus locuras, pero siempre unidas.

Esta es mi historia, aún no concluye, pero solo Dios sabe lo que nos tiene destinado a cada uno. Lo que sí sé es que, mientras haya salud hay vida, y mientras haya vida hay ganas de compartir experiencias y apoyo a quien lo necesite.


Zoe es un proyecto editorial de Opinión 51 que busca contar historias de pacientes de cáncer de mama, sus miedos pero también su motivación y su fuerza. Creemos que las palabras abrazan y acompañan, tu historia puede ser una fuente de esperanza para alguien más.

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