Por Danielle Dithurbide
Escribir un texto sobre el pan es tan banal como profundo. Es tan sencillo como cerrar los ojos e imaginar el aroma de una charola recién horneada, y tan complejo como hablar de historia, de tradición, de quienes nos acompañan cada mañana con un café y un pan; de quienes alguna vez lo hicieron, o de la añoranza de compartirlo con alguien que ya no está.
Para mí, es hablar de mi padre y de su maravilloso hábito de pasar por bolillos calientitos para la comida diaria.
Es hablar del campamento de primaria, cuando por primera vez salí sin supervisión de un adulto a la panadería del pequeño pueblo donde se organizaba. Para ellos era lo de todos los días; para nosotros, algo que se quedó para siempre.
Es hablar de mi abuelo, chopeando cada mañana, un cocol en un café que, de tantas moronas, en cada trago, era más espeso.
Y también es hablar de tu padre o de tu abuelo. Es hablar de las historias que empezaron y acabaron frente a una canasta de pan.
Es hablar de doña Lupita, a quien conocí ayer: a los 70 años perdió a su hija y a su nieta y, sin pedirlo, quedó a cargo de sus tres bisnietos. “Ahora tengo que compartir el único pan que puedo comprar. A veces los niños tienen más hambre y no me toca ni un pedacito”, me dijo con lágrimas en los ojos. Así que sí: escribir sobre el pan es tan feliz como doloroso.
Es escribir sobre la mantequilla en el interior de un croissant, sobre la pequeña barra de chocolate en una chocolatina; es pensar en el delicado chabacano que da el equilibrio y adhesión perfectas a un garibaldi, o en la humedad del hojaldre de una oreja. Y también en las campales batallas entre hermanos por la concha blanca, o en qué hacer con el papelito rojo de una mantecada.
Porque el pan es historia de la humanidad, pero también de uno mismo. Es memoria. Es identidad. Es una extraña mezcla de culpa y satisfacción. Es hablar de un bocado que puede recordarnos que, por más oscuro que se vea el panorama, siempre puede aparecer un pedacito de luz.
Es pensar sin querer siquiera imaginar la respuesta, qué haríamos sin él.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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