Por Diana Pérez Manzano*
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“Tú te haces grande en la adversidad”. Mi hermano me escribió en una carta estas palabras y desde entonces me acompañan. Con el tiempo han adquirido nuevos significados: a veces las he recordado con orgullo; otras, en momentos difíciles, me han hecho preguntarme qué significa realmente ser fuerte.

Durante años las mujeres creímos que el liderazgo se vestía con una armadura para mostrar seguridad, tener respuestas, resistir la presión y no dejar que nadie viera nuestras dudas y vulnerabilidades. Para muchas de nosotras, además, esa armadura parecía un requisito de entrada para poder ejercer posiciones de liderazgo. Había que demostrar preparación, carácter y resultados, pero también cuidar el tono de voz, la manera de disentir y hasta la forma de ocupar un espacio. Pero a medida que mi carrera profesional avanza, he descubierto que liderar mostrando vulnerabilidad me hace invulnerable. 

He desarrollado mi carrera en el ámbito de la seguridad y la protección, un sector en el que durante mucho tiempo la autoridad tuvo un rostro predominantemente masculino. He aprendido a tomar decisiones bajo presión, a construir confianza entre culturas y a dirigir equipos que necesitan claridad incluso cuando el entorno es incierto. Pero una de mis mayores lecciones ha sido comprender que ejercer autoridad no exige renunciar a la sensibilidad y que la seguridad es, en su esencia, un acto de amor pues implica cuidar a los demás. 

Una mujer que lidera con firmeza no debería tener que disculparse por ello. Tampoco tendría que imitar modelos ajenos para ser considerada competente ni mostrarse como no es. La capacidad de escuchar, abrazar en momentos difíciles, reconocer un error, cuidar a las personas y sostener una decisión difícil no son cualidades contradictorias: juntas pueden hacer más sólido un liderazgo y nos hace más maduras y estructuradas. 

La adversidad aparece de muchas formas. Puede ser una crisis que exige actuar con rapidez, una puerta profesional que no se abre, un prejuicio que obliga a trabajar el doble para ser escuchada o una pérdida personal que cambia para siempre nuestra manera de ver la vida. No todas las batallas se libran frente a un equipo de trabajo. Algunas ocurren en silencio, cuando nadie nos ve.

Por eso hoy interpreto las palabras de mi hermano de una manera distinta. Hacerse grande en la adversidad no es celebrar el sufrimiento ni convertir la resistencia en una obligación. No significa poder con todo, todo el tiempo. Significa reconocer que incluso cuando sentimos miedo, cansancio o tristeza conservamos la capacidad de elegir cómo responder, pedir ayuda y volver a encontrar sentido.

En las empresas necesitamos dejar de confundir fortaleza con invulnerabilidad. Cuando una líder puede admitir que no tiene todas las respuestas, escuchar otras perspectivas y actuar con coherencia, abre un camino más humano para quienes vienen detrás.

No aspiro a que las nuevas generaciones de mujeres tengan que superar las mismas barreras para demostrar su valor. Aspiro a que encuentren entornos donde puedan crecer sin perder su identidad, donde la ambición no sea motivo de sospecha y donde la empatía no se interprete como debilidad.

Vuelvo entonces a aquella frase que me regaló mi hermano. Hoy sé que mi grandeza no está en haber salido intacta de cada desafío, porque también he perdido. Está en lo que he aprendido, en las personas a quienes he podido acompañar y en los principios que he decidido conservar incluso en los días más difíciles.

Quizá de eso se trate liderar: no de ser más grandes que los demás, sino de permitir que las circunstancias nos hagan más conscientes, más valientes y más humanas. Y, cuando sea posible, de abrir el camino para que otras mujeres no tengan que hacerse grandes a fuerza de adversidad.

*Gerente de Protección Integral de Coca-Cola FEMSA Comunicadora Social y Periodista por la Universidad de La Sabana, en Colombia, con una Maestría en Administración de Gerencia de Seguridad por la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid, España.

Cuenta con más de 25 años de experiencia en áreas de Seguridad y Defensa Nacional en distintas multinacionales de los sectores de oil & gas, distribución de bebidas y alimentos, y servicios. Su trayectoria incluye responsabilidades en áreas operativas, análisis situacional, diseño de planes y estrategias de protección y seguridad, así como capacitación en derechos humanos y derecho internacional humanitario.

Es líder del programa Cinta Violeta de Coca-Cola FEMSA, una iniciativa que se ha consolidado en varios países de Latinoamérica como una de las principales plataformas para la prevención de la violencia de género, el empoderamiento femenino y la promoción de entornos laborales más seguros.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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