Por Edelmira Cárdenas
Hay algo profundamente desconcertante (y hasta ofensivo) en ver a un hombre levantarse del sillón como si acabara de presenciar un milagro divino porque once desconocidos metieron un balón en una red… mientras en la cama reacciona con la pasión emocional de un burócrata sellando papeles un martes por la mañana.
Llega el Mundial y las casas se transforman. Hay rituales. Hay cábalas. Hay nervios. Hay análisis tácticos. Hay sudor, adrenalina, gritos, abrazos colectivos y hasta lágrimas. Se suspenden compromisos, se reorganizan agendas y nadie se atreve a interrumpir “el partido”. Pero luego una piensa: qué interesante sería que el erotismo de pareja recibiera aunque fuera la mitad de esa producción ejecutiva.
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