Por Patricia Conde Juaristi
No, no estoy desesperada.
Me siento un poco triste. Pero es por la vida, no por la muerte.
Cuando murió, descansó y me dejó descansar a mí. Yo sabía que tan solo debía morir.
Sentí alivio.
No recuerdo sus ojos, nada más su mirada.
Era todavía una mirada dura, profunda, llena de la expresión que tuvo siempre, entre desafiante y curiosa, rabia y enojo. Sobre todo, rencor.
Tenía la urgencia de romperse para seguir viviendo.
Su insostenible soledad lo llevó a la soledad absoluta.
Estuvo solo, primero, porque quería; después, porque solamente así sabía estar.
Cuando lo miré dentro del ataúd, en ese espacio en donde nada más cabía su cuerpo empequeñecido por la enfermedad, entendí que era así como había estado siempre.
Todas las camas fueron demasiado grandes, las casas tenían numerosas habitaciones, los hijos eran insoportables seres que incordiaban.
Soledad. Eso era todo.
La soledad es tan total que abarcaba todo en el ámbito de una vida como la suya.
Yo fui arrojada a una existencia injusta, demasiado prolongada. Obligada al constante ir y venir de los pensamientos, la insufrible necesidad de comer, vivir, respirar, tener a otros, convivir, tolerar, ver morir a los demás antes de nosotros y, a los que nos sobreviven, imponerles la pena de nuestra muerte.
Cuánto sinsentido, cuánto absurdo, cuánta estupidez.
He vivido a fuerza, en una época, en una familia, en un cuerpo.
Sin embargo, ese cuerpo, que así se llama cuando por fin se muere, no era el suyo. Era el de algún desconocido, relleno y taponado para que no se le salieran los fluidos por la nariz, o por las orejas, o por la boca, o por donde sea. Los fluidos se tienen que quedar adentro. Hay que ser formal en el cajón y esperar hasta ser ceniza para, finalmente, ser libre.
Me pidió que lo lanzara al mar. No he podido hacerlo. No quiero que sea libre.
Desde que se es concebido, está uno dentro de algo. De un vientre, una cuna, una casa, un ataúd, una urna.
Duele.
Duele tanto la vida. ¿Dolerá igual la muerte?
La muerte. Palabra inmensa, misteriosa; cuando se pronuncia, se conjura, se evoca, se teme.
La muerte.
La muerte.
¿Qué queda de mí? ¿Qué le voy a entregar a la muerte?
¡Pérdidas!
Mi lozanía, mi juventud, mi salud, mi vejez.
Ya son las diez de la noche.
Estoy cansada. Un poco triste.
Me aburro.
Sigo viviendo.
Duele hasta ser ceniza.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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