Por Edmée Pardo

Llegué a la edad del tejido y el jardín, digo a mis amigas, porque estoy convencida de que, sin reemplazo hormonal, solo tendría ánimo para tejer y mirar las flores como hacía mi abuela. El tratamiento y mi curiosidad me han puesto en otra estación de la vida: la edad de los pájaros y las plantas. Levanto la vista cada vez que escucho un canto que no reconozco y me detengo frente a un árbol para preguntar su nombre, mirar la forma de sus hojas y buscar las semillas que deja por ahí. 

Hace poco más de cinco años la fascinación por los árboles se apoderó de mí. Después de haberlos dado por sentados durante décadas, un día aparecieron y pude mirarlos con toda su presencia. Como lectora hice lo único que sé hacer cuando algo me deslumbra: buscar libros. Empecé a leer novelas, ensayos y memorias donde los árboles fueran protagonistas. Durante un año entero, en mi club de lectura, recorrimos obras magníficas que nos enseñaban a mirarlos de otra manera. Pasamos por científicos como Stefano Mancuso, Peter Wohlleben y Suzanne Simard, quienes han transformado nuestra comprensión del mundo vegetal al mostrar redes de cooperación, comunicación química y formas de inteligencia distintas de la humana. Después fuimos a la ficción con Patrick Ness, Lars Mytting, Alejandro Zambra y José Mauro Vasconcelos, donde los árboles no son escenografía sino personajes capaces de modificar el destino de quienes viven a su lado.

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