Por Edmée Pardo

Lo veo ahora, mientras cuido a la perra de mi hermano, cuando casi pega la nariz al pavimento y avanza recogiendo una cantidad de información que la hace detenerse o seguir. Si algo hace ella, Emma, una Springer spaniel inglés blanquinegra que pasa las vacaciones conmigo, es entender el mundo mediante la nariz. Es su forma de leer, pienso y vengo a este teclado a escribir la nota con ella echada a mis pies. Faldera y fuertísima, alegre y demandante, es una perra de caza que vive en plena ciudad. Yo veo y leo el mundo, mi sentido primordial es la vista; ella lo huele y lo entiende, su sentido primordial es el olfato. Y esa diferencia implica que andamos en distintos tiempos. Cuando una persona camina por una calle y se va, digamos que deja la calle vacía porque ya no la veo. Pero para un perro quedan moléculas, células desprendidas, rastros químicos. Es decir, yo veo el presente, pero Emma huele simultáneamente lo que está, ha estado y estará; si fuera persona sería psíquica.

Se dice que mientras los humanos contamos con unos cinco o seis millones de células receptoras olfativas, se estima que los perros poseen entre 125 y 300 millones, dependiendo, entre otros factores, de su anatomía. Según Yoshihito Niimura, en su artículo Extensive Gains and Losses of Olfactory Receptor Genes in Mammalian Evolution (2007), los perros tienen alrededor de 800 genes funcionales (no células) que codifican receptores olfativos, frente a unos 400 en los humanos, lo que no es cosa menor si preguntamos a un catador de vino o perfumista.

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