Por Farah Ayanegui*

“En ocasiones, lo único claro es que sigues adelante.”

A veces pienso que a esta edad ya “debería” tener claridad en todo: la casa propia, el futuro financiero, la estabilidad prometida. Pero a mis 47, sigo en proceso. No tengo aún una propiedad que dejarle a mis hijos, ni sé todavía en qué momento podré dejar de trabajar sin una pensión que me respalde. Y aunque lo digo con calma hoy, hubo meses recientes donde esa incertidumbre me cimbró.

Me pasó de nuevo: me aceleré. Me preocupé por el futuro como si estuviera a punto de enfrentarme a una ola demasiado grande. Me angustié al grado de que mi cuerpo lo resintió. La pérdida de cabello fue la señal evidente de ese estrés que se acumula sin pedir permiso. Me enojé conmigo por no haber resuelto esto antes, por no tener un plan funcionando, por sentirme vulnerable en lo laboral después de tanto tiempo construyendo.

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Pero aquí viene la parte que no siempre contamos, la autenticidad también cansa, pero libera. Admitir que no lo tengo todo resuelto me permitió reconocer esos vínculos reales, personas que se quedaron sin exigirme perfección, amistades que se mantuvieron justo cuando solté la necesidad de proyectar fortaleza. A veces, lo que se pierde en el camino —clientes, trabajos, amigos, dinámicas familiares que ya no caben— es exactamente lo que permite que te reconozcas en el caos y el duelo.

La cultura nos empuja a la claridad absoluta: define tus metas, consigue tu casa, planea tu retiro, sé impecable. Pero estudios muestran que la incertidumbre crónica eleva los niveles de cortisol de manera similar a situaciones de riesgo real. Según la Asociación Estadounidense de Psicología, la presión por “tener claridad” se manifiesta físicamente en insomnio, caída de cabello, tensión muscular y fatiga emocional. Nos exigimos certezas como si fueran un requisito moral.

Y aun así, la ciencia también dice algo importante: la imperfección conecta. El “efecto Pratfall”, descubierto por el psicólogo Elliot Aronson en los años 60, demuestra que las personas que cometen errores —que muestran su humanidad— generan mayor confianza que quienes parecen impecables. Harvard y MIT han replicado estos hallazgos: la human messiness, la vida desordenada y honesta, crea cercanía. No es falla, es vínculo.

Cuando hablo de autenticidad, no hablo de desbordarse ni de exponerlo todo. Hablo de admitir, aunque sea en voz bajita, que estás en proceso. Que tienes miedo. Que no es tan grave no tener certezas. Que la claridad no siempre llega en línea recta.

Aceptar esa imperfección me ha dado más libertad que muchos de mis logros profesionales: me ha permitido ser honesta, humana e incierta. Y sobre todo, me ha ayudado a quitarme el peso de tener que resolverlo todo de manera exprés.

Hoy entiendo que la vida, mi vida, no se trata de tener las respuestas, sino de caminar con las preguntas. Que no tenerlo todo claro no significa fracaso. Significa movimiento.

Quiero invitarte a que te permitas lo mismo. Que sueltes la obligación de tener tu vida perfectamente editada. Que honres tu proceso, aunque esté a medias. Que confíes en esa parte imperfecta que también habla de tu fuerza: la fuerza de seguir, aunque aún no todo esté resuelto.

“Sanar no es olvidar: es dejar de pelear con la persona que fuiste”

Durante años viví sosteniendo una batalla silenciosa con mi propia historia. No con un evento en particular, sino con algo más profundo: mi identidad y mis pérdidas. Había momentos en los que no me reconocía como hija o hermana, como amiga o pareja, aunque sí encontraba claridad en mi rol de madre. Algo en mí seguía funcionando desde la lógica antigua: resolver primero, sentir después. Sobrevivir antes que conocerme.

Esa forma de vivir me mantuvo en movimiento, pero también me mantuvo dividida. No sabía cómo integrar a la niña, a la joven y a la mujer que fui; cada una cargaba decisiones hechas desde la urgencia, el miedo o la falta de herramientas. Algunas veces, incluso hoy, todavía aparece ese impulso automático de reaccionar desde patrones familiares, como si una parte de mí no quisiera soltar lo conocido, aunque ya no me funcione.

Lo que cambió no fue un solo momento, sino la suma de varios: la terapia que sostuve con disciplina, la meditación que me enseñó a escuchar sin huir y el duelo por mis padres, que me obligó a mirarme desde otro lugar. Ese duelo, sobre todo, me confrontó con una pregunta que ya no pude evadir: ¿quién soy cuando dejo de cumplir los roles que alguna vez me dieron sentido?

En esa búsqueda descubrí algo que me transformó: la Farah de antes no era una versión equivocada de mí; era una mujer que hacía lo mejor que podía con lo que sabía. Tenía pocos recursos, muchas expectativas encima y una necesidad enorme de demostrar su valor. Entender eso —de verdad entenderlo— me permitió mirarme con más honestidad y un poco más de compasión.

La ciencia también confirma que reconciliarse con la propia historia tiene efectos profundos en el bienestar. La terapia narrativa, por ejemplo, ha demostrado que reconstruir el relato personal disminuye la autocrítica severa y aumenta la estabilidad emocional. Quienes integran su pasado sin negarlo ni dramatizarlo presentan menor ansiedad y mayor satisfacción vital. Estudios sobre el duelo, publicados en el American Journal of Psychiatry, muestran que encontrar un significado dentro de la pérdida redefine la identidad: no te vuelve otra persona, pero sí te da la oportunidad de elegir.

Hoy, integrar mi historia no significa justificar lo que dolió ni romantizar lo difícil. Significa no huir. Significa mirar a la mujer que fui —incluso a la que no entendía nada— y agradecerle. Sin su fuerza, sin sus decisiones imperfectas y sin su necesidad de sobrevivir, yo no sería yo.

No voy a mentir: no siempre puedo hacerlo con dulzura. Hay días donde avanzo más ligera y otros donde solo logro terminar el día. Pero incluso aceptarlo es una forma de tener paz. Una paz que llega desde aceptar que soy una adulta, imperfecta, real.

Reconciliarte contigo no es un acto instantáneo; es una práctica. Y empieza con dejar de exigirle a tu pasado que sea distinto. Solo así el presente tiene espacio para serlo.

En estos días cercanos al cierre de año intenta hacer un gesto pequeño: recuerda a tu “yo” de hace diez años. Pregúntale qué necesitaba, qué sabía y qué desconocía. Tal vez descubras que no merece juicio, sino comprensión. Tal vez ahí, en ese reconocimiento, empiece tu verdadera libertad hacia un nuevo ciclo.

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*Farah Ayanegui es Terapeuta holística certificada en radiestesia con péndulo—, una técnica que detecta y armoniza desequilibrios energéticos a través de la vibración—, y quien acompaña, con sesiones de terapia holística, a todas las personas que se acercan buscando bienestar desde el autoconocimiento, la intuición y una mirada integral del cuidado personal.

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IG @Farah_ave X @FarahAyanegui

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