Por Frida Mendoza

La consigna de  “Mi cuerpo, mi decisión” es una que, al menos en la última década, hemos escuchado constantemente, aún más en estas fechas donde los eventos y discursos feministas proliferan por todas partes.

Sin embargo, me parece que cuando hablamos de nuestro cuerpo y nuestras decisiones, la consigna del “yo decido” generalmente va encaminada hacia nuestra salud sexual y reproductiva, qué queremos a futuro, cuándo y por qué. Nunca entra la muerte en esta ecuación a pesar de ser la mayor certeza que tenemos.

“Levante la mano quien sepa que en algún momento se va a morir”

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Hace una semana escuché en vivo a Samara Martínez (ya mencionada previamente por acá en Opinión) como una de las ponentes en el evento de Decididas 2026 y por fin pudimos conocernos en persona pues meses atrás la entrevisté para EMEEQUIS para conocer el camino que llevaba con la Ley Trasciende que no busca más que la eutanasia sea legal y sea una realidad el derecho a la muerte digna.  

Y si de por sí escucharla fue sumamente poderoso en aquella entrevista a través de una pantalla, verla en acción con más personas me emocionó mucho más. Con aquella potente pregunta sobre quién sabe que se va a morir, Samara provocó que todas las personas que estábamos en esa sala de Proyectos Públicos escuchando las ponencias, viéramos de cara a la realidad más tangible e irónica de la vida: la muerte.

Las personas con enfermedades terminales existen en nuestro país y en todo el mundo. Resisten desde una cama, una silla de ruedas, con aislamiento obligatorio y también con un bonito vestido amarillo y tacones altos como Samara el miércoles pasado. Ella lo sabe, hablar de pacientes terminales no es hablar de un grupo homogéneo. Sin embargo, todas ellas tienen el deseo común de irse lo más dignamente posible de la vida.

La primera vez que hablé con Samara fue en la semana previa al Día de Muertos y la entrevista salió en EMEEQUIS unos días después de esta fecha tan representativa en México. En aquella ocasión me acuerdo que pensé en la ironía de pensar que vivimos en una sociedad que habla como ninguna otra de la muerte, que la celebra, se ríe de ella, pero que al mismo tiempo se niega a abrirle la puerta dignamente. 

En esta ocasión, rodeada de tanta fuerza de mujeres que se han abierto camino en diversos rubros me activó ese chip. Vaya redundancia: en Decididas reafirmé la urgencia que tenemos de respetar las decisiones de vida y eso incluye, obviamente, la de cómo acaba para quienes después de intentarlo todo, ya no hay otra alternativa.

¿Por qué si hablamos de “mi cuerpo, mi decisión” no lo hacemos hasta el último momento? ¿Por qué sí decimos con alivio o agradecimiento que “qué bueno que ya no está sufriendo” cuando fallece alguien que estaba agonizando? ¿Por qué si decimos “yo decido cómo, cuándo y dónde” las personas que ya no tienen ninguna alternativa no pueden tener una decisión final de cómo partir de la vida sin sufrir?

Ese día, Samara nos arrebató una carcajada cuando nos habló de su deseo de tener un “tanato shower”, es decir, una fiesta con las personas que más quiere donde el regalo sea compartir comida, bebida y una despedida sumamente catártica y así evitar la dolorosa fase final de hospitales y perder toda la esencia de su persona. Después, en la playa, acompañada de su familia, partir de este mundo. 

Sé que para la gran mayoría de personas, la pregunta sobre cómo nos gustaría morir puede ser muy incómoda. Y sé que también, la gran mayoría de quienes me leen habrán tenido al menos una pérdida, alguien querido que falleció. Y tanto para esas personas que queríamos y ya no están, como para nosotrxs hay un deseo común: irse sin dolor.

No sabemos con exactitud cuántas personas viven la fase terminal de una enfermedad. No sabemos cuántas de ellas elegirían la eutanasia. Y seguiremos desconociendo esta información si la Ley Trasciende no avanza.

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@FridaMendoza_

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