Por Frida Mendoza
La Ciudad de México siempre te hace sentir como al interior de una ruleta rarísima, en clima, en acontecimientos, en obras, en noticias, en lo bueno, en lo malo, en los grises y también en el amarillo y el violeta que alucinamos.
Desde hace unos meses expresé mi descontento con la velocidad que comenzaron a anunciarse obras, actividades y la premura por arreglar la casa para quedar bien con las visitas, pero si me lo preguntan nunca vi venir varias cosas, y otras sí.
Por ejemplo, vi venir y a la vez no, lo absurda que sería ahora la Línea 2 del Metro. De Cuatro Caminos a San Cosme, no hay cambios, el gris y azul sobrios… Revolución de pronto es deslumbrante con ese blanco minimalista de la remodelación de 2015 y ahora Hidalgo con sus lámparas/quinqués muy a la Bridgerton. Después sigue Bellas Artes y el caos continúa, obra negra, personas confundidas porque desde el interior del vagón no se distingue en qué estación estás, San Antonio Abad, Nativitas, Portales cerrados. Bájate en la siguiente estación, camina insegura, alarga tu trayecto, profundiza la desigualdad. Y si es fin de semana, ni lo pienses ¿cómo quieres ir del centro al sur o viceversa en Metro? Toca RTP, no seas malita. Tasqueña ya está listo y ya sea que parezca centro comercial o un restaurante, vuelve a contrastar su diseño. Chile, mole y pozole, dices tú.
Mientras que al exterior, ni hablamos de Tlalpan… o mejor sí. Una obra anunciada sin más, el corredor peatonal elevado, no está lista. La ciclovía ya, pero parte de la avenida sigue bloqueada, unos tramos sí, otros no.
Sin embargo, esto que narro, no es lo peor porque solamente es lo superficial. Detrás de cada arreglo hecho al aventón, de esa pintura que tapa, de esas nuevas lámparas, ciclovías y repavimentación acelerada está el urbanismo olímpico (en este caso, mundialista), un urbanismo que por más violeta no tiene nada de feminista. Y para quienes transitan a diario, a diario sortean el caos, el despojo y el desplazamiento.
En abril publiqué un artículo en SimpleMedia, el proyecto editorial de SimpleEscort, donde describí que las batallas por el derecho a la calle lo resienten las personas más marginadas, las consideradas como una minoría, como las trabajadoras sexuales.
En el artículo hablo precisamente con urbanistas que cuentan cómo el urbanismo olímpico no se nombra así porque sea una competencia por mejorar las ciudades en beneficio de su ciudadanía, sino que transforma su rostro, su estética previo a los eventos deportivos sin importar nada más que cumplir con el capricho de quedar bien. Y ser “quedabien” cae mal, ¿o no?
Las trabajadoras sexuales han hablado de esto desde hace años y el problema que ellas destacan, desde siempre, es que se les considere una minoría de "segunda categoría" y se les excluya de la creación de políticas públicas a pesar de que llegaron -en este caso a la Calzada de Tlalpan- desde hace años.
Y junto a ellas, los comerciantes desplazados, los transeúntes que tienen que aumentar sus tiempos de traslado.
¿Las obras eran necesarias? Muchas sí, pero con ese nivel de planeación, nunca. ¿Necesitábamos otra vista en las estaciones del Metro que van a Tlalpan y de las que están en el Centro capitalino? Para nada, lo que necesitábamos eran trenes nuevos, que dejen de reparar trenes a partir del deshuesadero que incluso pude atestiguar, que dejen de comprar madera de mala calidad para las zapatas. Necesitábamos más desazolve en esta temporada, necesitábamos que sí se atendiera lo que la casa necesitaba, no lo que queremos que las visitas presuman.
Necesitamos que los arreglos y obras de la Ciudad de México tengan una planificación que sitúa la vida cotidiana y los cuidados en el centro, que sea una capital segura, inclusiva y accesible para todas las personas. Ese sí es urbanismo feminista.
Al principio decía que andar en la capital es como estar en una ruleta. Y también los sentimientos por esta Ciudad de México puede que estén en la misma situación. A veces amas, a veces odias. Y definitivamente, miles (¿o millones?) como yo, no estamos amando estos “arreglos”.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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