Por Frida Mendoza
He de admitir que no me gusta entrar tan seguido a LinkedIn, no es una de mis redes favoritas y me abruma mucho. Tal vez es mi algoritmo, o no, pero scrollear en esa red es navegar entre dos polos opuestos: decenas de periodistas anunciándose como open to work (recordándome lo volátil que es este gremio) y otra decena compartiendo premios, investigaciones, nuevos libros y un sinfín de éxitos que cuando estás en un punto medio -ni muy muy, ni tan tan- sientes que no perteneces a unxs pero estás muy cercana a otrxs y ahí empieza la incertidumbre porque ¿qué frágil es todo, no?
Y aunque pareciera que esta columna va sobre periodismo, tal vez va más allá, porque hoy quiero contarles sobre Café con Arte. ¿Qué? Así es, estimada(s) persona(s) que me lee(n), quiero platicar sobre una cafetería que al menos para mí, no es cualquier cafetería.
El 27 de agosto de 2001, hace 25 años exactamente, a la 1:30 de la tarde, mi tía Rocío fue por mí a la primaria. “Ya abrimos”, me dijo y yo quedé muy sorprendida. Esta anécdota es muy conocida para mi familia pero después de meses trabajando en el local -y de hacerme partícipe tan pequeña, y desde que tengo memoria-, mi mamá y mis tías Maye y Rocío abrieron en un día al azar una cafetería que en su nombre cumplía la promesa de que mientras tomas tu cafecito ves el arte en forma de las pinturas exhibidas de mi mamá.
El inicio fue muy distinto a lo que en la sala de mi casa platicamos: compraríamos globos, anunciaríamos la gran inauguración y más… No. La realidad es que el presupuesto era limitado, se invirtió dando el salto al vacío y muchas cosas se hicieron por nuestra cuenta. Aún puedo recordar esas vacaciones de verano del 2001 en el que mientras escuchaba la radio y bailaba con los éxitos del momento, mis tías serruchaban las maderas que ahora son parte de la barra, mi mamá diseñaba el sol de herrería que ahora está al fondo y entre todas -a ratitos yo también- pintábamos el local.
Ese 27 de agosto, mis mamás reunieron todas las mesitas y sillas de la casa, junto con algunas prestadas, confeccionaron de manera exprés manteles y las pusieron en el local para abrir. No había dinero en ese momento para comprar mesas y sillas y empezar con lo que había fue la manera que encontraron para hacerlo. No romantizo un inicio difícil pero tampoco lo negaré nunca ni olvidaré el apoyo en muchas formas de mi hermosa familia, porque me enorgullece ese empezar desde cero y ese ejemplo que a mis 8 me dieron para salir adelante.
Después de eso, mi vida fue totalmente distinta. Saliendo de la escuela ya no llegaba a mi casa, pasaba al café, ahí estaban mis mamás atendiendo, preparando e improvisando muchas cosas. Café con Arte se convirtió en mi casa, en esa que mis amigas, amigos y compas de la primaria, secundaria, preparatoria, universidad y el trabajo han llegado.
La cafetería vio el renacer y perfeccionar de muchas recetas de mi abuelita con el sazón inigualable de Mayita: esas donas caseras, el panqué de naranja con glaseado de limón, pay de queso cremosito, los kilos de polvorones horneados que ayudaba a echarles azúcar glass y meter en bolsas de celofán, bisquets y las icónicas empanadas de jamón, atún estilo bacalao y mermeladas caseras de piña y manzana que en Santa María la Ribera ya habían dado a conocer años atrás…
Luego, la vida me arrebató a mi Maye en 2014. Pero el café siguió. El duelo y la necesidad de continuar hizo que mi mamá y Roci que casi no estaban en la cocina replicaran su legado.
Así vi una nueva reinvención: mi mamá aprendió -autodidacta y brillante como siempre- a hacer nuevos postres (unas canelitas caseras que ufff pa qué les cuento, pastel red velvet, panquesitos de chocolate, polvorones sevillanos y galletas decoradas) a través de tutoriales y luego en cursos y talleres, haciendo que trasladara su arte a la repostería y aunque nunca ha dejado de pintar, asumió con excelencia su nuevo rol en la cocina y hoy día aunque lleva más de 10 años haciendo galletas decoradas, sigue refiriéndose a que “pinta galletas”.
Tiempo después, aunque siempre he mesereado y preparado cafés, cuando me desmarqué de la idea de hacer periodismo de la manera tradicional empecé a involucrarme con mucho más corazón pensando que podía campechanear la vida freelance del periodismo con ese deseo de trabajar en el café.
Y heme aquí.
Porque aunque siempre he amado a este negocio, tal vez conforme creces valoras aún más los proyectos propios. Y en una nueva reinvención, ahora con mi esposo preparamos chilaquiles los domingos, organizo talleres los fines de semana, propongo bebidas de temporada… hago un equipo más sólido con mis mamás, a veces siguiendo un poco de esa forma suya de improvisar, muchas veces más tratando otras formas más ordenadas pero siempre siempre con amor.
Estimadx lector, si alguna vez me habías leído antes, déjame contarte que tal vez muchas de las columnas que leíste fueron escritas desde Café con Arte y conmigo pausando para atender, preparar o entregar un cafecito y es algo que me enorgullece.
Pero a todo esto, y aunque parece que estoy divagando, empecé con LinkedIn porque a veces para mí esos extremos no me resuenan y me siento constantemente en los grises, en el matiz de experiencias de que las cosas sean difíciles, se compliquen y me pregunte cómo resolver y a la par me encuentre gozando y planeando cómo celebrar el simple y sencillo hecho de que aquí seguimos, tercas como siempre.
Y aquí pienso que así como en Opinión 51 y muchos proyectos hechos con el corazón, Café con Arte no estaría si no fuera por su comunidad, su familia, por quienes echan porras y a quienes después de que aprecian el talento, regresan.
25 años no se dicen fácil y me siento orgullosa de nosotras. Sé que enorgullecemos a Maye desde donde nos ve también. Y tendrá que irnos mejor, porque deseo ver el vaso medio lleno… y si es con café, mejor.
… larga vida a Café con Arte. <3
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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