Por Yohali Reséndiz
Hay historias que uno como periodista comienza denunciando y, con el paso de los años, terminan formando parte de nuestra memoria.
Han sido casi siete los años que he acompañado de cerca la lucha de Mariel Albarrán y sus dos hijas, quienes valientemente han levantado su voz frente a la violencia sexual infantil propia y ajena y también frente a la ineptitud de instituciones que debieron protegerlas y solo exacerbaron su dolor.
He atestiguado momentos que difícilmente olvidaré: su miedo, el desgaste familiar, las terapias todos los días, lloviera o hubiera cansancio, las consultas y su hambre de justicia que nunca ha cambiado.
Durante este camino he estado con ellas en momentos particularmente difíciles, llegué al Congreso para gritar junto a ellas y levantar los rostros de las autoridades insensibles y el dibujo de un cerdo porque así dibujaron a su agresor, estuve cuando se libraron batallas importantes para defender y proteger a las valientes niñas e impedir que el pederasta Manuel Horacio Cavazos López regresara como magistrado de la Ciudad de México.
A Mariel la miré romperse varias veces y reconstruirse frente a mi. A Mariel la he visto insistir una y otra vez cuando parecía que todo estaba en contra y cómo olvidar cuando confrontó a Ernestina Godoy en el Senado de la República y ésta no tuvo más remedio que salir por la puerta trasera del recinto.
Hoy y todas las veces ha sido importante nombrar al agresor porque él decidió escribir en ellas y es importante nombrarlo porque esta historia expone al poder que viola y de lo difícil que puede ser para una familia enfrentarse a alguien que durante años ocupó una posición de autoridad y ejemplo en el hogar y luego dentro de las instituciones de justicia, nada más y nada menos que en el Poder Judicial de la Ciudad de México, donde incluso amenazaron vilmente con separar a Mariel de sus hijas y ese es otro ejemplo de lo que significa violar desde el poder como lo narro en mi libro del mismo nombre.
Hoy, casi siete años después, ocurrió algo que parecía imposible, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México ofreció una disculpa a las niñas, en cumplimiento de la Recomendación 10/2022 de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. La institución reconoció que se equivocó y que eso tuvo consecuencias devastadoras para sus vidas. Ustedes disculpen.
Aún así, es un paso importante, pero no es el final, final, final porque una disculpa no borra siete años de dolor, terapias, miedo, desgaste y lucha.
No habrá paz ni final hasta que ellas tres tengan justicia, hasta que su agresor sea llevado ante la justicia.
La Fiscalía continúa investigando a Cavazos López y la primera carpeta de investigación se encuentra ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Yo hoy le hago saber a la Fiscal Bertha Alcalde a nombre propio que le agradezco la disculpa para ellas, y aquí aprovecho para preguntar directamente a la Fiscal Alcalde, ¿hasta cuándo habrá justicia?
Existen nombres, decisiones y omisiones que jamás olvido como periodista y prueba de ello es que han sido siete años acompañando el caso.
Hoy estas valientes niñas, que nunca debieron vivir violencia, reciben una disculpa institucional y detrás de ese momento hay una madre que durante casi siete años no ha dejado de luchar para mantenerlas a salvo.
A ellas tres palabras: las abrazo, admiro y respaldo. Seguiremos juntas alzando la voz con quien se nos una hasta que haya justicia, reparación integral y garantías de no repetición, hasta el final, final, final.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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