Por Índira Navarro
Nunca imaginé que la desaparición de mi hermano menor, aquel con quien crecí, aquel que era mi talón de Aquiles, se convertiría en el parteaguas de mi vida. Desde el 2 de septiembre de 2015, cuando desapareció en Sonora, mi vida se transformó para siempre. Esa fecha marcó el inicio de una búsqueda que no se ha detenido.
No elegimos ser buscadoras. Nadie sueña con estar rasgando la tierra con las manos, aprendiendo sobre fosas clandestinas o entrenando la mente para pensar como un criminal. Yo soy buscadora, hermana buscadora, no madre buscadora. Pero también soy madre y conociendo a mis compañeras que son madres, sé que el amor nos mueve a todas. Porque cuando desaparece un ser querido, el instinto te lleva a buscar, a no dejar de hacerlo, a aprender todo lo necesario para encontrarlos.
Mi celular no descansa: llegan mensajes de personas pidiendo ayuda, periodistas, alertas anónimas y compañeras buscadoras que, como yo, llevan años enfrentando este infierno. Buscar se convirtió en mi vida. Dejé de lado cualquier plan personal o profesional.
Con el paso del tiempo, me fui especializando en cosas que nunca imaginé: tipos de suelo, patrones de enterramiento, rastreo forense. Viví en varios estados por el trabajo de mi exesposo, que era policía federal. Finalmente, me establecí en Jalisco, el estado con más desapariciones en el país. Allí comprendí que ya era una buscadora de tiempo completo.
Pero buscar no solo me dio conocimientos. Me dio valor. Me dio fuerza. Me hizo cuestionar y enfrentar las violencias que yo misma vivía en casa. Mi exesposo me agredía física y psicológicamente. Era un servidor público que se creía intocable. Me golpeó al grado de mutilarme dos dedos, perforarme un pie y arrancarme el cabello. Me decía que si me atrevía a denunciarlo, me pasaría lo mismo que a mi hermano.
Yo vivía con miedo. Miedo por mí, por mis hijos, por mis padres. Pero buscar también me dio claridad. Al involucrarme más en esta lucha, me di cuenta de que no podía seguir callando. Presenté una denuncia por intento de feminicidio, me divorcié, busqué protección legal y enfrenté al sistema.
El camino no ha sido fácil. El Ministerio Público perdió la carpeta de investigación —o más bien, la hicieron desaparecer—. Pero yo no me detuve. Aprendí a alzar la voz, por mí y por todas. Lucho porque se reclasifique el delito, porque lo que vivimos mis hijos y yo no fue un simple caso de lesiones. Fue un intento de feminicidio, una violencia extrema que dejó huellas físicas y emocionales profundas. Mi hija incluso intentó suicidarse. Estamos en proceso de sanación, en terapia, en búsqueda también de justicia.
Pero el sistema no está hecho para protegernos. Las autoridades nos abandonan, nos revictimizan, nos ignoran. Las buscadoras, en su mayoría mujeres, enfrentamos múltiples violencias: institucional, estructural, familiar. Y aun así seguimos, porque el amor por nuestros desaparecidos es más fuerte que el miedo.
Buscar no debería costarnos la vida. Tampoco debería arrebatarnos la salud, la estabilidad, la familia. Las mujeres buscadoras necesitamos políticas públicas que nos acompañen, que nos garanticen salud, educación, seguridad, justicia. Necesitamos que la sociedad deje de vernos como una nota trágica y empiece a reconocernos como lo que somos: defensoras, madres, hermanas, ciudadanas que no se rinden.
Yo sigo buscando a mi hermano. Pero también me busco a mí misma en este camino lleno de dolor, de aprendizaje y de lucha. Porque al final, buscar me ha dado lo que nadie más pudo: valor y fuerza.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()