Por Ingrid Motta
Cada vez que una campaña política se polariza hasta el absurdo en Washington o que un presidente convierte una gira en Madrid en un intercambio de insultos, el dedo acusador apunta a las redes sociales, a la inteligencia artificial o al anonimato digital, como si la tecnología cargara de origen con una especie de fatalismo moral. Es un consuelo equivocado y muy cómodo para muchos, porque el dilema de fondo para las democracias no es la existencia de la tecnología, sino el diseño de sus incentivos.
Las plataformas dominantes no fueron programadas para fortalecer el debate cívico ni para frenarlo, sino para maximizar el tiempo que pasas en ellas y convertir esa atención en ingreso publicitario. En ese mercado, la indignación moral y el conflicto identitario son las mercancías que mejor se pagan, y lo que hoy vemos cruzar mares y fronteras es la colonización de la política por una lógica económica que premia la confrontación sobre el acuerdo.