Por Susana San Román*
Después de una cirugía y de librar un diagnóstico de cáncer, cambié profundamente mis hábitos, hoy soy una mujer distinta. Reflexionando sobre este último año me pregunté ¿cómo sería mi empresa y mi país si cultivaran hábitos más sanos?
Vivimos tiempos de polarización; siento que el país está al límite en muchos aspectos, atrapado en crisis que no siempre reconocemos y en discursos que nos dividen. Unos responsabilizan al gobierno de todos los problemas; otros culpan a los empresarios de todo lo que no funciona. Mientras tanto, los ciudadanos observamos la discusión desde distintos frentes, muchas veces convencidos de que la solución depende exclusivamente de alguien más.
Sin embargo, cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que esa conversación está incompleta.
Sabemos que la salud, la estabilidad financiera o el bienestar emocional no aparecen de un día para otro. Son el resultado de pequeñas acciones repetidas todos los días.
Si entendemos el poder de los hábitos en la vida personal, ¿por qué seguimos esperando que México cambie sin modificar nuestros hábitos colectivos?
Los países no se construyen únicamente con leyes ni desde el poder. También se construyen desde los hábitos de quienes los habitan: en la manera en que respetamos las reglas, tratamos a los demás y nos involucramos en la comunidad; en nuestra disposición a pensar no solo en lo que nos beneficia, sino también en lo que beneficia al conjunto.
Quizás pienso tanto en los hábitos porque he visto su impacto en mi propia vida.
Hay uno que guía prácticamente todas mis decisiones: como persona, empresaria, proveedora, pareja y mamá, procuro cumplir lo que prometo. No siempre es sencillo. A veces implica asumir costos, tener conversaciones incómodas o hacer esfuerzos adicionales que nadie ve. Pero con los años he entendido que la confianza se construye justamente ahí: en la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos.
Y la confianza es uno de los activos más valiosos que puede tener una persona, una empresa o un país.
Esta idea no es solo una convicción personal. La OCDE analiza la confianza interpersonal y la confianza en las instituciones como factores relacionados con el crecimiento económico y la cohesión social. En otras palabras, la confianza no es únicamente un sentimiento: también influye en la capacidad de una sociedad para cooperar y avanzar.
También he aprendido otra lección de alguien con quien comparto la vida y los negocios. Antes de tomar decisiones importantes, mi esposo y socio suele hacerse una pregunta:
-"¿Qué es lo mejor para el bien común?" -
Es una pregunta sencilla, pero profundamente transformadora, porque nos obliga a dejar de mirar solo el beneficio individual y a considerar el impacto de nuestras decisiones en los demás.
Cada vez estoy más convencida de que México necesita recuperar esa conversación: la del bien común, la corresponsabilidad y la idea de que una sociedad mejor no depende únicamente de mejores gobiernos o mejores empresarios. También depende de mejores ciudadanos.
La honestidad es un hábito. La empatía es un hábito. La responsabilidad es un hábito. La participación ciudadana es un hábito. Pensar en el largo plazo es un hábito. Y buscar el bien común también lo es.
Por eso ya no me interesa tanto preguntarme quién tiene la culpa de la situación que vivimos.
Me interesa mucho más preguntarme qué hábitos fortalecemos todos los días, qué conductas premiamos, qué comportamientos normalizamos y qué ejemplo damos a quienes vienen detrás.
Los valores son importantes, pero por sí solos son solamente aspiraciones. Los hábitos son los valores puestos en acción.
La honestidad no se demuestra cuando decimos que somos honestos, sino cuando actuamos con honestidad una y otra vez. La empatía no existe solo porque la mencionemos en un discurso, sino porque la practicamos todos los días. Y el bien común no se construye con declaraciones. Se construye con decisiones cotidianas.
Las crisis tienen algo paradójico: además de mostrar nuestras debilidades, nos obligan a cuestionar aquello que ya no funciona.
Tal vez México está justo en ese momento. No en el de encontrar un salvador, sino en el de decidir qué hábitos queremos dejar atrás y cuáles estamos dispuestos a sostener con constancia.
Porque las personas cambian cuando cambian sus hábitos. Las empresas cambian cuando cambian sus hábitos. Y sospecho que los países también.
Quizás la mejor manera de rescatar a México no sea esperar una solución extraordinaria, sino practicar todos los días los valores que decimos defender. Al final, una sociedad termina convirtiéndose en aquello que hace de manera consistente.
*Empresaria con 11 años de trayectoria, acompaña a empresas nacionales e internacionales en sus estrategias de marketing en México, Latam y Brasil. Fue seleccionada como una de las 50 líderes del mundo por el programa SW50, estudió “Liderazgo y negocios” en LSE en Londres, colabora probono como Vicepresidenta de Líderes Empresariales Mexicanas y Secretaria de Fundación Palma.
Es conferencista sobre estrategias de marketing, marca personal y el camino de emprender. Es mentora para empresarias y profesionales que quieren impulsar su posicionamiento.
Es de Celaya, migró a CDMX con $5,000 pesos ahorrados y mucha esperanza de tener un trabajo y poder ir a museos los fines de semana, se prometió no regresar más que a fiestas y a ver a sus familia y amigos, al final, sus amigas y familia, vinieron a vivir a CDMX, se casó con un Chilango y emprendió en pareja.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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